1 Juan 4:1 “Amados, no creáis a todo espíritu, sino probad los espíritus si son de Dios; porque muchos falsos profetas han salido por el mundo”.
Por: Pst. David Agustín Pérez Vera
En un mundo saturado de voces, opiniones y enseñanzas, el discernimiento espiritual deja de ser una opción y se convierte en una necesidad urgente e imperante. El apóstol Juan no sugiere, exhorta, “probad los espíritus”. Esto implica una actitud activa, consciente, responsable.
El discernimiento no es sospecha constante ni crítica destructiva. Es la capacidad espiritual de distinguir entre lo verdadero y lo falso, entre lo que proviene del Eterno y lo que no. Y esta capacidad no nace de la inteligencia humana, sino de una vida conectada con el Eterno y Soberano Dios.
Aceptar todo sin evaluar es peligroso. Pero rechazar todo sin discernir también lo es. El equilibrio está en examinar a la luz de la Palabra. La verdad no teme ser examinada, al contrario, se afirma aún más.
Muchas veces, lo que engaña no es lo evidente, sino lo sutil. Pequeñas desviaciones, ligeros cambios, énfasis incorrectos. Y sin discernimiento, esas pequeñas variaciones pueden llevar a grandes errores. El cristiano maduro no es aquel que lo sabe todo, sino aquel que ha aprendido a depender del Espíritu Santo para entender y evaluar. Es alguien que no se deja impresionar fácilmente, sino que busca la confirmación en la Palabra.
El discernimiento también protege el corazón. Evita que se contamine, que se confunda, que se desvíe. Es una guardia constante, silenciosa pero eficaz. Hoy, más que nunca, necesitamos cultivar esa sensibilidad espiritual. No para vivir con temor, sino con claridad. No para juzgar, sino para permanecer en la verdad. Amados hermanos y amigos, tengamos claro que, en medio de muchas voces, solo una es la voz del Eterno. Y el discernimiento espiritual es lo que nos permite reconocerla. Shalom.