1 Pedro 5:10 Mas el Dios de toda gracia, que nos llamó a su gloria eterna en Jesucristo, después que hayáis padecido un poco de tiempo, él mismo os perfeccione, afirme, fortalezca y establezca.
Por: Daniel Mora Jiménez
Cuando observamos las Escrituras nos damos cuenta de que el tema del sufrimiento no es ajeno o que no se encuentre entre sus libros, por ejemplo, al observar los salmos encontramos muchos padecimientos del salmista por su lucha con el pecado o con la relación con las personas de su entorno; sin embargo, las Biblia también nos ofrece una perspectiva redentora sobre él. En 1 Pedro 5:10, el apóstol afirma que, después de padecer por un poco de tiempo, Dios mismo nos perfeccionará, afirmará, fortalecerá y establecerá. La aflicción, entonces, no es señal del abandono divino, sino un proceso permitido por Dios para formar en nosotros una fe más firme y madura.
Es así como las sagradas escrituras nos muestran que las aflicciones cumplen un propósito pedagógico y transformador, puesto que Dios utiliza los momentos de debilidad para moldear nuestro carácter, profundizar nuestra dependencia de Él y desprendernos de seguridades temporales. El Antiguo Pacto es evidencia clara de esto, puesto que nos enseña como los patriarcas fueron sometidos a momentos muy complicados en varios aspectos de su vida, sin embargo, el desarrollo de la historia nos brinda esperanza al ver como a pesar de las fuertes olas que pasaron no se ahogaron porque la mano del Eterno siempre los sostuvo. Es así como el creyente debe aprender que su esperanza no está en la ausencia de problemas, sino en la fidelidad de Dios que obra incluso a través de ellos.
En esa misma idea el apóstol Pablo va a hacer un énfasis en cuanto al final de la vida del hombre a pesar de los sufrimientos o padecimientos, es una visión en cuanto a la gloria venidera, en Romanos 8:18, Pablo declara que el sufrimiento actual no es digno de compararse con la gloria que será revelada en nosotros. Esto nos muestra que las aflicciones tienen un carácter temporal, mientras que la obra de Dios en nosotros tiene un alcance eterno. Por ello, nuestra confianza debe estar en todo momento centrada en Dios pues descansamos en la certeza de que cada prueba tiene un propósito y que, al final, Él transformará nuestro dolor en fortaleza y nuestra espera en gozo eterno.