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1 Tesalonicenses 4:3 pues la voluntad de Dios es vuestra santificación; que os apartéis de fornicación.

Por: Daniel Mora Jiménez

Por medio de la fe en Jesucristo hemos pasado de un mundo de tinieblas a su Reino de Luz y por ende somos una nueva creatura, por lo tanto, nuestra vida debe estar alineada a la ética del reino. El evangelio de Mateo nos muestra las enseñanzas de Jesús sobre temas que los maestros de la ley habían distorsionado impulsando al pueblo a una aparente muestra de piedad; es así como en Mateo 7:24, señala que todos aquellos que oyen sus enseñanzas y las ponen por obra serían considerados como sabios. Por lo tanto, ¿consideras que hay un propósito en la vida de santidad? 

Pablo no presenta la santidad como una opción reservada para unos pocos, sino como el deseo explícito y amoroso de Dios para todos sus hijos. La santidad no comienza en la conducta externa, sino en una vida rendida a la voluntad divina. Su propósito es alinearnos con el corazón de Dios, para que nuestra existencia refleje quién Él es. La santidad tiene como propósito restaurar en nosotros la imagen y semejanza de Dios, volvernos al diseño original. Al apartarnos del pecado, no solo evitamos aquello que nos daña, sino que somos formados interiormente. Dios no nos llama a la santidad para limitarnos, sino para liberarnos de todo aquello que distorsiona nuestra identidad y nos esclaviza espiritualmente.

Además, la santidad cumple un propósito testimonial. Una vida apartada para Dios se convierte en una luz visible en medio de una cultura que normaliza el pecado. Recordemos que nuestro Señor nos dijo que somos la sal del mundo y aquella luz que no debe ser escondida sino expuesta en lo más alto a fin de que el mundo vea la luz y en aquella los ojos de muchos sean abiertos. Cuando vivimos conforme a la voluntad de Dios, damos testimonio del poder transformador del evangelio, mostrando que es posible vivir de una manera distinta, guiados por el Espíritu Santo.

Por último, la santidad tiene como fin nuestra comunión con Dios. El profeta Isaias muestra que Dios habita en santidad y con el humilde de corazón, es por eso por lo que, al vivir conforme a su voluntad disfrutamos de una relación más profunda y sensible con Él. La santidad no es un fin en sí misma, sino el camino que nos conduce a una vida plena en la presencia de Dios, donde Su gracia nos sostiene y Su propósito se cumple en nosotros cada día.

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