2 Timoteo 1:9 quien nos ha salvado y nos ha llamado con un llamamiento santo, no según nuestras obras, sino según su propósito y según la gracia que nos fue dada en Cristo Jesús desde la eternidad,
Por: Daniel Mora Jiménez
Debemos partir de un punto, Dios no estaba obligado a actuar ante el pecado del hombre, puesto que en el Edén el hombre fue lleno de toda bendición y reposo, sobre todo gozaba de una comunión directa con Dios, solo tenía un mandato el cual fue transgredido por el hombre, es así como un Dios justo dictó juicio en contra del hombre culpable y transgresor de la ley. Es por esto por lo que la salvación del hombre no obedece a ninguna causa sino a la voluntad soberana de Dios. La salvación del pecador es enteramente Suya, nada ni nadie tuvo parte alguna ni en la planificación ni en la ejecución.
Es así como el apóstol Pablo nos recuerda en el texto central que nuestra salvación no es resultado de nuestras obras, sino de la acción soberana de Dios. Él nos ha salvado y nos ha llamado con un llamamiento santo. Esto significa que nuestra fe no comenzó en nosotros mismos, sino en el corazón eterno de Dios. Antes de que pudiéramos siquiera buscarle, Él ya había determinado acercarnos a sí. Esta verdad humilla nuestro orgullo y llena nuestra vida de gratitud.
El texto recalca que este llamado no se basa en méritos humanos, sino “según su propósito y su gracia”. Aquí se nos revela que Dios no improvisa con nuestras vidas, pues Él obra conforme a un plan establecido desde la eternidad. Es así como cada creyente es parte de una historia mayor, diseñada por Dios, donde nada es accidental; comprender que fuimos llamados con propósito nos libra del vacío y la falta de sentido, recordándonos que existimos para cumplir la voluntad de Aquel que nos creó y redimió. Además, esta gracia nos fue dada en Cristo Jesús desde antes de los tiempos. Nuestro presente está conectado con una decisión eterna de Dios, entender esto nos debe llenar de seguridad y paz, siendo que, si el propósito de nuestra salvación nació en la eternidad, entonces nada en el tiempo puede frustrarlo. Las circunstancias cambian, las fuerzas humanas se agotan, pero el propósito divino permanece firme para siempre. Estamos sostenidos por una gracia que no depende de nosotros, sino de Cristo.
Por tanto, vivir conscientes de este llamamiento santo nos invita a caminar con reverencia y confianza. No somos creyentes por casualidad, sino por designio divino. Cada día es una oportunidad para responder a ese propósito, sirviendo a Dios con fidelidad y esperanza. Que nuestra vida refleje la gratitud de haber sido llamados por gracia, sostenidos por amor y guiados por un propósito eterno.