Gálatas 2:20 “Con Cristo estoy juntamente crucificado, y ya no vivo yo, mas vive Cristo en mí; y lo que ahora vivo en la carne, lo vivo en la fe del Hijo de Dios, el cual me amó y se entregó a sí mismo por mí”
Por: Marianella Layana de Jácome
Una joven mujer llamada Clara trabajaba limpiando oficinas, un trabajo que muchos no valoraban. Pero ella lo hacía con alegría y excelencia, orando mientras limpiaba, como si trabajara para Dios mismo. Un día, un jefe le preguntó por qué se esforzaba tanto. Ella respondió: “No lo hago para la gente, lo hago para Dios.” Esa simple respuesta impactó al jefe, y con el tiempo, despertó en él el deseo de conocer más de Dios. Su testimonio silencioso habló más fuerte que mil palabras.
Muchas veces vivimos buscando metas personales: éxito, estabilidad, reconocimiento, comodidad. Pero cuando entendemos el amor y el sacrificio de Cristo, algo cambia en nuestro interior. Ya no se trata de lo que queremos lograr, sino de quién queremos glorificar. Glorificar a Dios con todo nuestro ser, es vivir para Él, no para nosotros.
Es rendirle cada área de nuestra vida, nuestros sueños, decisiones, talentos, emociones, absolutamente todo. Porque Él es digno de todo y nos creó para reflejo de su gloria.
Dios no quiere solo una parte de nosotros los domingos, quiere nuestra vida, nuestro corazón, todo nuestro ser. Él quiere que nuestra vida hable de Él aún sin palabras. Que cuando otros nos miren, puedan ver a Jesús en nosotros.
Cuando vivimos para glorificar a Dios, nuestra vida cobra verdadero sentido. No estamos aquí por accidente. Estamos aquí para dar a conocer a un Dios maravilloso, Santo, justo, perfecto, para llevar esperanza donde hay dolor, y luz donde hay tinieblas.