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Salmos 27:8 Mi corazón ha dicho de ti: Buscad mi rostro. Tu rostro buscaré, oh Jehová.

Por: Dayse Villegas Zambrano

Hay un imperativo para nuestra vida en este poema de David, y viene de parte de Dios: Busquen mi rostro. El salmista ha escuchado esa orden en su corazón, ha tenido la sensibilidad de oír y de responder: Tu rostro buscaré. 

¿Cómo se busca a Dios? El salmo 27 entero es una buena guía; en el verso 4 nos describe la búsqueda del que quiere estar en la casa de Dios continuamente, del que quiere contemplar la belleza de Dios y está lleno de preguntas para él. 

El verso 6 da otras formas de adoración: sacrificios de júbilo, que nos llevan a poner lo mejor delante de Dios sin sentir dolor sino alegría, acompañándolo de cantos y alabanzas.  Y el verso 7 nos enseña sobre el clamor, una voz que se levanta para hablar con Dios pero que está decidida a recibir una respuesta. 

Congregación, contemplación, consulta, sacrificio, alabanza y clamor responden a la pregunta de cómo buscar a Dios. Pero siendo débiles e inconstantes por naturaleza, ¿de dónde sacaremos las fuerzas? De saber que Dios nos ha buscado primero (1 Juan 4:19). Que ante la imposibilidad de ir a él, él vino a nosotros (Juan 1:9). Que ante nuestro desamparo él nos dio el poder de ser hijos de Dios (Juan 1:12). Que los hijos permanecen en la casa del Padre porque es su herencia (Juan 8:35). 

En Jesús, Dios nos ha rediseñado para que busquemos su rostro, una expresión antigua que indica un enorme privilegio, ver a Dios cara a cara, entrar en su confidencia, conocerlo de cerca. Mantengámonos firmes y constantes en buscar el rostro de Dios cada día.

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