Colosenses 3:23-24 Y todo lo que hagáis, hacedlo de corazón, como para el Señor y no para los hombres; sabiendo que del Señor recibiréis la recompensa de la herencia, porque a Cristo el Señor servís.
Por: Daniel Mora Jiménez
Muchos cristianos examinan su vida espiritual entorno a su participación en la Iglesia, siendo su intención adorar a Dios en función de un tiempo litúrgico eclesiástico, y esto no es incorrecto, pero la vida que Dios nos ha dado va más allá de las paredes de una localidad a la cual llamamos Iglesia local. Nuestro servicio y entrega a Dios debe ser reflejado en todo momento y en todo lugar. Es así como en Colosenses 3:23–24 se nos recuerda que todo lo que hacemos debe nacer de un corazón rendido a Dios: “Y todo lo que hagáis, hacedlo de corazón, como para el Señor y no para los hombres”.
Este pasaje eleva nuestras acciones cotidianas, sean trabajo secular, servicio, responsabilidades personales, a un plano espiritual siendo que ante Dios nada es insignificante cuando se hacen las cosas de corazón como para Dios. Cada tarea, por más simple que sea, se convierte en una oportunidad para honrar a Dios y alinearnos con su propósito eterno. Es así como debemos tener en cuenta que, el propósito de Dios no se puede limitar a los espacios visibles del ministerio, sino que se manifiesta en la fidelidad diaria que practiquemos en todos los aspectos de nuestras vidas, siendo sabios y diligentes en las responsabilidades asumidas, sean espirituales o seculares. Cuando trabajamos con excelencia, integridad y amor, reflejamos el carácter de Cristo. Dios usa lo ordinario para formar lo extraordinario en nosotros, moldeando nuestro corazón para que aprenda obediencia, humildad y dependencia de Él, aun cuando nadie más esté mirando.
El texto también nos recuerda que nuestra verdadera recompensa no proviene de los hombres, sino del Señor. Esto nos debe retumbar en gran manera en nuestro corazón, a fin de que nuestras acciones no estén encaminadas a la aprobación humana, sino que nuestro enfoque sea el vivir conforme a la voluntad de Dios. Es así como debemos observar nuestra vida, como una oportunidad para que los que nos rodean vean a Cristo en nosotros, siendo libros abiertos, testimonios que impactan en los demás, vidas que imitan al Maestro, discípulos y ovejas de su rebaño. El propósito de Dios siempre apunta más allá del presente, hacia una herencia eterna que da sentido y esperanza a nuestro caminar, por lo tanto, vivamos cada día para la gloria de Dios.