1 Pedro 3:8 “Finalmente, sed todos de un mismo sentir, compasivos, amándonos fraternalmente, misericordiosos, amigables”.
Por: Nelly Jácome de Pérez
Pedro exhorta a los creyentes a “ser de un mismo sentir”. Esta unidad es importante porque todos los cristianos están en el mismo equipo, especialmente los de un cuerpo local. Un equipo se desmorona y pierde su objetivo cuando no es de una sola mente. Cuando tratamos a los creyentes como Cristo nos ha llamado, podemos ser de un mismo sentir en lo que creemos y en nuestras acciones para glorificar a Dios.
El modo en que nos tratamos influye en nuestra unidad. Pedro continúa la exhortación a ser de un mismo sentir llamando a los creyentes a ser “compasivos, amándoos fraternalmente, misericordiosos, amigables; no devolviendo mal por mal, ni maldición por maldición, sino por el contrario, bendiciendo, sabiendo que fuisteis llamados para que heredaseis bendición” (1 Pedro 3:8-9). Lo que creemos afecta a cómo vivimos. Si creemos que estamos unidos en Cristo, seremos de un mismo sentir.
Se necesita trabajo para que un equipo sea de una sola mente, y cada persona que forma parte de él debe trabajar con las demás para lograr el objetivo del equipo. Los creyentes están llamados a ser un solo cuerpo y una sola familia en Cristo. Nuestra unidad en Cristo transformará la forma en que nos tratamos unos a otros y nos ayudará en nuestra misión de glorificar a Dios y reflejarlo al mundo que nos rodea.
En un mundo donde el individualismo predomina, los cristianos están llamados a ser un testimonio vivo del amor de Dios. Debemos practicar la empatía, perdonar con facilidad y mostrar generosidad con quienes nos rodean, fortaleciendo así la unidad en la iglesia y en nuestras relaciones personales. En el trabajo, en casa o en redes sociales, podemos encontrar provocaciones. Como seguidores de Cristo, debemos resistir la tentación de responder con enojo y en su lugar actuar con paciencia y amor, confiando en que Dios es nuestro defensor, Amén.