Apocalipsis 2:4−5 “Pero tengo contra ti, que has dejado tu primer amor. 5 Recuerda, por tanto, de dónde has caído, y arrepiéntete, y haz las primeras obras; pues si no, vendré pronto a ti, y quitaré tu candelero de su lugar, si no te hubieres arrepentido”.
Por: Marianella Layana de Jácome
Las palabras de Jesús a la iglesia de Éfeso son un llamado de atención para creyentes que, por fuera, parecían estar haciendo todo bien. Trabajaban con dedicación, perseveraban en las pruebas y defendían la verdad. Sin embargo, había un problema que solo el Señor podía ver: habían perdido su primer amor. Esto nos enseña que es posible mantener una vida de servicio mientras el corazón se enfría poco a poco. Podemos cumplir responsabilidades, asistir a la iglesia e incluso conocer mucho de la Palabra, pero sin la pasión y la cercanía con Cristo que antes teníamos.
La madurez espiritual no consiste en sustituir el amor por el conocimiento o el servicio. Al contrario, la verdadera madurez hace que nuestro amor por Cristo sea más profundo, más estable y más sincero con el paso de los años. Un creyente maduro no solo conoce más de Dios; sino que también lo ama más. Por eso Jesús les dio tres instrucciones: recordar, arrepentirse y volver. Recordar cómo era su relación con Él al principio; arrepentirse por permitir que otras cosas ocuparan el lugar de Cristo; y volver a las primeras obras, cultivando nuevamente la oración, la adoración, la obediencia y el tiempo en su Presencia.
Es como un matrimonio. El amor no permanece vivo solo porque dos personas siguen juntas; necesita tiempo, atención y comunicación. De la misma manera, nuestra relación con Dios debe cultivarse cada día para que el amor no se enfríe. La advertencia de Jesús no busca condenarnos, sino restaurarnos. Él nos invita a regresar a su Presencia y a disfrutar otra vez la alegría de caminar cerca de Él. Siempre es bueno volver al primer amor.