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2 Corintios 12:92 “Bástate mi gracia; porque mi poder se perfecciona en la debilidad.”

Por: Marianella Layana de Jácome.

Hay momentos en la vida donde descubrimos que nuestras fuerzas tienen un límite. Intentamos sostenerlo todo, resolver cada problema y mantener una apariencia de fortaleza, pero llega un punto en el que reconocemos una verdad que muchas veces nos cuesta aceptar: necesitamos a Dios.

El apóstol Pablo conoció profundamente esta realidad. Él no escribió estas palabras desde una vida sin dificultades, sino desde una experiencia de lucha. Había presentado a Dios una necesidad que deseaba que fuera quitada, pero la respuesta del Señor no fue eliminar inmediatamente su sufrimiento, sino darle algo mucho más profundo: la seguridad de que su gracia era suficiente.

Esto nos enseña una verdad espiritual muy importante: Dios no siempre responde cambiando nuestras circunstancias, pero siempre responde sosteniendo nuestra vida. A veces pedimos que Él quite la carga, pero Dios utiliza esa misma carga para enseñarnos a depender más de Él, formar nuestro carácter y mostrarnos que su poder es mayor que nuestras limitaciones.

Cuando Dios dice: “Mi poder se perfecciona en la debilidad”, no significa que Él se deleite en nuestro dolor ni que nuestras luchas no importen. Significa que nuestras debilidades se convierten en el lugar donde su fuerza puede manifestarse de una manera más evidente. Cuando dejamos de confiar únicamente en nuestras capacidades y aprendemos a depender de Él, descubrimos una fortaleza maravillosa que no proviene de nosotros.

El mundo nos enseña a esconder nuestras debilidades, a mostrar autosuficiencia y a aparentar que todo está bien. Pero el evangelio nos enseña algo diferente: reconocer nuestra necesidad de Dios no es una señal de fracaso, sino una expresión de humildad y fe. El corazón que acepta su fragilidad es un corazón que está dispuesto a recibir la gracia del Señor.

Muchas veces pensamos que necesitamos ser más fuertes para acercarnos a Dios, pero la realidad es que nos acercamos a Él porque reconocemos que necesitamos su fuerza. La gracia de Dios no es solamente el perdón que recibimos al comenzar nuestra vida cristiana; es también el poder que nos sostiene cada día para continuar caminando.

La madurez espiritual no consiste en llegar a un punto donde ya no necesitamos a Dios, sino en reconocer cada día cuánto dependemos más y más de Él. El creyente maduro no dice: “Yo puedo con todo”, sino: “Todo lo puedo en Cristo que me fortalece” (Filipenses 4:13).

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