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Apocalipsis 21:3–4 Y oí una gran voz del cielo que decía: He aquí el tabernáculo de Dios con los hombres, y él morará con ellos; y ellos serán su pueblo, y Dios mismo estará con ellos como su Dios. Enjugará Dios toda lágrima de los ojos de ellos; y ya no habrá muerte, ni habrá más llanto, ni clamor, ni dolor; porque las primeras cosas pasaron.

Por: Daniel Mora Jiménez

La vida en la fe que vivimos en el presente es producto del entendimiento que podamos tener de lo por venir, Dios no solo nos ha mostrado la obra que ha realizado en tiempos pasados o lo que está haciendo en lo actual, en tu vida como en la vida de su Iglesia, sino que también nos ha mostrado aquello que está por venir, y al entender esto debemos definir qué estamos haciendo en el presente que nos lleve a alcanzar lo futuro. Y el texto central es un ejemplo de esto puesto que Apocalipsis 21:3–4 nos muestra una promesa gloriosa: Dios habitará con su pueblo, enjugará toda lágrima y ya no habrá muerte, ni llanto, ni dolor. Esta visión del futuro no es solo un consuelo lejano, sino el fundamento de nuestra esperanza presente. La promesa de una eternidad restaurada nos recuerda que la historia no termina en el sufrimiento, sino en la victoria de Dios. Es por esto que, aquello que está por venir le da dirección y significado a lo que hoy vivimos. 

La esperanza futura redefine nuestra perspectiva del dolor. Pasajes como Epístola a los Romanos 8:18 nos recuerdan que las aflicciones del tiempo presente no se comparan con la gloria venidera. Esto no minimiza nuestras luchas, pero sí las coloca dentro de un panorama eterno ampliando nuestra visión acerca del propósito de Dios en nuestras vidas. Cuando sabemos que Dios está preparando algo perfecto y definitivo, podemos perseverar con confianza. El futuro prometido sostiene nuestra fe en medio de la incertidumbre actual. 

Además, la esperanza eterna transforma nuestra manera de vivir hoy. En 2 Pedro 3:13–14, al esperar cielos nuevos y tierra nueva, somos llamados a vivir en santidad y piedad. La esperanza no produce pasividad, sino compromiso con perseverar en la gracia que Cristo ha derramado sobre todo aquel que confía en El. Saber que Cristo hará nuevas todas las cosas nos impulsa a reflejar desde ahora los valores de ese reino venidero: amor, justicia, fidelidad y perseverancia. 

Finalmente, la esperanza futura afirma que nuestra historia está segura en las manos de Dios. No caminamos hacia el vacío, sino hacia el cumplimiento de Sus promesas, es por esto que cada acto de fe, cada sacrificio y cada lágrima tienen un propósito cuando se ven a la luz de la eternidad. Lo que está por venir da sentido a lo que hoy sembramos. Con esa certeza, podemos vivir con valentía y paz, sabiendo que el final ya ha sido asegurado por Aquel que hace nuevas todas las cosas.

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