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Daniel 3:17 “He aquí nuestro Dios a quien servimos puede librarnos del horno de fuego ardiendo; y de tu mano, oh rey, nos librará”.

Por: Nelly Jácome de Pérez

El rey Nabucodonosor mandó erigir una estatua de oro y promulgó una ley que obligaba a todos a postrarse y rendir culto a la estatua cuando sonaran ciertos instrumentos musicales. Algunos caldeos, que sentían aversión por los judíos, aprovecharon la oportunidad para culpar a Sadrac, Mesac y Abednego. Le señalaron al rey que estaban violando la ley inviolable. El rey Nabucodonosor montó en cólera y les dio una última oportunidad para someterse. 

Estos varones judíos se negaron a adorar a la estatua. Porque consideraban que si Dios es quien es, reconocer la divinidad de una estatua sería una completa insensatez. De hecho, sería un suicidio espiritual, mucho peor que los pocos minutos de agonía que uno sufriría en un fuego intenso. Estos tres varones tienen dos cualidades que son indispensables para el creyente hoy en día. Una esperanza inquebrantable que nace de una fe incondicional.

La esperanza le da al creyente, la habilidad de ver a través de las circunstancias, la fidelidad de Dios. Todo hijo de Dios sabe, que Dios siempre tiene la última palabra. Ahora, esta esperanza nace de una fe incondicional. Nuestro Dios no siempre hace fácil el camino para sus discípulos. Años después, el padre permitió a su hijo morir en una cruz. Si no fuera por eso tu y yo no estaríamos salvos de una eterna condenación y justificados ante el Padre por Cristo Jesús. 

Todo lo que Nabucodonosor pudo hacer fue matar a Sadrac, Mesac y Abednego, pero Yahvé tenía su destino eterno en sus manos. En Evangelio de Lucas, Jesús afirmó esta perspectiva. Dijo que los cristianos serán perseguidos en los últimos tiempos, y «Serán traicionados incluso por sus padres, hermanos, parientes y amigos. A algunos de ustedes los matarán. Serán odiados por todos a causa de mi nombre, pero ni un solo cabello de su cabeza se perderá. Con su perseverancia salvarán sus vidas» (Lucas 21:16-19). Puede que te ejecuten (física y temporalmente), pero no perderás ni un ápice (espiritual y eternamente). Obtendrás la vida eterna permaneciendo fiel. Esa es la promesa en la que se apoyaron Sadrac, Mesac y Abednego, manteniendo su integridad, Amén.

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