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Efesios 2:19 “Así que ya no sois extranjeros ni advenedizos, sino conciudadanos de los santos, y miembros de la familia de Dios”.

Por: Nelly Jácome de Pérez

El apóstol Pablo nos recuerda que ya no somos “extraños ni extranjeros” sino conciudadanos de los santos y miembros de la familia de Dios. Este privilegio no solo transforma nuestra relación con Dios, sino también redefine nuestra relación con otros creyentes. La iglesia no es simplemente un lugar de reunión, sino una comunidad viva de individuos redimidos por la gracia de Dios. En este contexto, cada creyente tiene un rol activo, como miembro vital de una familia espiritual.

En Éfeso, una ciudad multicultural y llena de prácticas religiosas diversas, la iglesia enfrentó retos significativos de identidad y unidad. Judíos y gentiles debían reconciliar sus diferencias para formar una nueva entidad: la iglesia como el cuerpo de Cristo. Este cambio, según Pablo, solo es posible a través de la fe en Jesucristo, quien derribó las barreras que los separaban. 

El concepto de la iglesia como familia espiritual nos llama a vivir en amor incondicional, superando nuestras diferencias. Cristo derribó todas las barreras sociales, étnicas y culturales para unirnos en Él. Como creyentes, debemos reflejar este amor en nuestras interacciones, asegurándonos de que cada miembro se sienta valorado y apoyado.

Cada cristiano está llamado a ajustar su vida a la voluntad de Cristo, la piedra angular. Esto implica vivir en obediencia a sus enseñanzas y contribuir al crecimiento de la iglesia a través de los dones dados por el Espíritu Santo. Como miembros de este templo, debemos recordar que nuestras acciones y actitudes afectan directamente la armonía y la unidad del cuerpo de Cristo, Amén.

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