Éxodo 33:17-18 Y Jehová dijo a Moisés: También haré esto que has dicho, por cuanto has hallado gracia en mis ojos, y te he conocido por tu nombre. Él entonces dijo: Te ruego que me muestres tu gloria.
Por: Dayse Villegas Zambrano
En Éxodo 33, la comunidad de Israel acaba de pasar por uno de sus más conocidos fracasos, aquella historia del becerro de oro y las tablas de la ley rotas que ocurrió en el capítulo 32. Dios no va a abandonarlos en el desierto, pero tampoco va a pretender que nada ha sucedido. Le ordena a Moisés que los lidere, pero él, el Señor, será quien los mire de lejos esta vez: demasiada cercanía a un pueblo rebelde sería un peligro para ellos.
Aquí Moisés entra en serias negociaciones con Dios y se compromete al máximo, se atreve a pedir por el pueblo poniéndose a sí mismo como garantía. Lea sus palabras en 33:12-16, es una de las argumentaciones más honestas, uno de los mejores ejemplos de intercesión que encontrará. Le recuerda a Dios: ‘Tú me enviaste, tú me dijiste que había hallado gracia en tus ojos, pero yo no vengo solo, está este pueblo que es tuyo. Si tu presencia no ha de ir conmigo, no nos saques de aquí’. En esa conversación, Moisés consigue de Dios tres promesas. Qué diferencia con el hombre de Éxodo 3, que no quería comprometerse a nada.
Este Moisés ha ganado experiencia, conocimiento y también audacia, pues si bien empieza pidiendo para el pueblo, la última petición es para sí. Es una ambición que nos reta a pedir lo mismo: ‘Te ruego que me muestres tu gloria’.
¿Alguna vez ha orado así? En nuestras congregaciones a menudo cantamos canciones en las que pedimos que Dios abra nuestros ojos para poder verlo. ¿Nos damos cuenta de lo que estamos pidiendo? Para Moisés, ver a Dios no era solamente contemplación; fue un entrenamiento transformador del que obtuvo las herramientas para guiar a millones de personas a su destino.
Moisés no estuvo en la cima de la montaña en la actitud de un ermitaño que se sienta, cierra los ojos y calla; él fue allí a ser participante activo del plan de Dios para la humanidad. Nosotros hoy tenemos el privilegio de ser llamados a lo mismo. Somos familia de Dios, participantes en el sufrimiento, la herencia y la gloria (Romanos 8:17). Ver la gloria de Dios significa ir a contarlo a otros. ¿Usted desea ver la gloria de Dios en este año?