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Ezequiel 33:7 “A ti, pues, hijo de hombre, te he puesto por atalaya a la casa de Israel, y oirás la palabra de mi boca, y los advertirás de mi parte”.

Por: Ericka Herrera de Avendaño

Ser un centinela o atalaya es un diseño divino para el cuidado del pueblo de Dios. Este versículo nos revela que la función del centinela comienza con el oído, no con la vista. Antes de poder advertir a otros, el atalaya debe “oír la palabra de la boca de Dios”. No podemos velar con eficacia si no estamos en sintonía con la voz del Señor. La sobriedad espiritual es lo que nos permite distinguir la voz de Dios entre el estruendo de las redes sociales, las noticias y los problemas cotidianos. 

Un centinela que no escucha a su Rey es un peligro para la ciudad. La Iglesia hoy es puesta como atalaya en medio de una sociedad que camina a ciegas. Estar firmes en nuestro puesto de guardia implica que hemos decidido que la Palabra de Dios es nuestra única fuente de verdad. Velar no es solo esperar que pase algo malo, es estar atentos para comunicar el consejo de Dios a tiempo. Si tú ves que el pecado está destruyendo a alguien cercano y callas por temor al qué dirán, estás abandonando tu función de centinela. 

La constancia del atalaya se prueba en su fidelidad para entregar el mensaje, sea este popular o no. Hoy, el Señor te recuerda que tienes una responsabilidad sobre los que te rodean. Tu vigilancia puede ser la diferencia entre la vida y la muerte espiritual de alguien en tu casa o trabajo. Mantente sobrio para oír con claridad y mantente firme para hablar con valentía. Ser un centinela es un honor que requiere una vida consagrada y un espíritu alerta. Que este día veintiuno te encuentre en tu torre de control, con el oído atento a lo que el Espíritu dice a la Iglesia.

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