Hechos 15:8-9
Y Dios, que conoce los corazones, les dio testimonio, dándoles el Espíritu Santo lo mismo que a nosotros; y ninguna diferencia hizo entre nosotros y ellos, purificando por la fe sus corazones.
Escrito Por: Dayse Villegas Zambrano
La iglesia no puede crecer a mi manera ni a la manera de un pequeño grupo. La iglesia ha de crecer a la manera de Dios. Las iglesias de los gentiles estaban creciendo, y a alguien le pareció que era momento de que lo hicieran a la manera de la tradición judía, es decir, cumpliendo al pie de la letra la ley de Moisés. Fue un tropiezo.
Cuando queremos imponer a otros nuestra visión personal de crecimiento, estamos haciendo retroceder a la iglesia. Pablo y Bernabé tuvieron que ‘retroceder’ a Jerusalén para participar de una discusión con los segmentos más conservadores. Y este es un problema, la segmentación según nuestras creencias personales, porque le estamos dando prioridad a nuestra propia opinión por encima de la obra encomendada, predicar el evangelio a toda criatura.
La expresión ‘toda criatura’ nos indica que cada grupo trae consigo una nacionalidad, cultura e historia, y que ninguna tiene prioridad sobre otra, no importa su antigüedad, atractivo o influencia. Esto debería llenarnos de humildad y de la necesidad de aprender sobre esos pueblos a los que queremos alcanzar. Hay iglesias en cada continente, de toda lengua, tribu y nación (Apocalipsis 7:9). Así lo hizo Dios.
Pero no es necesario salir del país. En todo el mundo hay disparidad. En cada iglesia hay personas de toda realidad social y económica, de historias familiares diversas, y nuestra labor no es unificar la apariencia, sino tener para todos el mismo amor. Nos alegramos con el que se alegra, lloramos con el que llora. Crecemos todos juntos, de la mano. No hagamos ninguna diferencia, porque la misma gracia nos ha hecho salvos a todos. Luchemos contra la segmentación que impide nuestro crecimiento como cuerpo de Cristo.