Josué 24:15 Y si no os parece bien servir al SEÑOR, escoged hoy a quién habéis de servir: si a los dioses que sirvieron vuestros padres, que estaban al otro lado del Río, o a los dioses de los amorreos en cuya tierra habitáis; pero yo y mi casa, serviremos al SEÑOR.
Por: Daniel Mora Jiménez
Este texto nos sitúa frente a una decisión trascendental. Después de recordar al pueblo todo lo que Dios había hecho por ellos, Josué llama al pueblo de Israel a escoger a quién servirán, esta elección no es meramente individual, sino profundamente familiar y generacional. El propósito de Dios nunca ha sido salvar personas aisladas, sino formar un pueblo que le honre, y eso comienza en el hogar con la familia. Cada familia está invitada a responder al llamado divino y a definir el rumbo espiritual de su casa. Es así como Josué vincula esta decisión no solo con él sino con el futuro de toda su familia rendida al servicio al único Dios verdadero.
La declaración “yo y mi casa serviremos al Señor” es una confesión de liderazgo espiritual y compromiso con el propósito divino de parte de Josué, como el patriarca de su casa. Josué entiende que servir a Dios no es solo una práctica religiosa, sino una orientación de vida siendo que es Él quién tiene el control de todas las cosas y quien marcaría el futuro de toda una nación por medio de familias entendidas en el propósito eterno de Dios. Cuando una familia decide servir al Señor, se alinea con el diseño eterno de Dios, es un instrumento de bendición, transmite la fe a la siguiente generación y refleja el carácter de Cristo en medio del mundo.
El pasaje central también nos muestra la responsabilidad que tiene todo sacerdote de hogar en cuanto a la ruta de vida que siga su familia, puesto que hay dos caminos que podrían tomar, servir a Dios o ir tras los dioses y la idolatría que genera el sistema de este mundo. Así ocurre hoy, siendo que cada hogar enfrenta influencias, valores y prioridades que compiten con el Señorío de Dios, sin embargo, el propósito de Dios para la familia es claro, que padres e hijos caminen en su verdad, que el hogar sea un altar donde su nombre es honrado y su Palabra es obedecida.
Por lo tanto, este texto nos desafía a renovar nuestra elección cada día. Servir al Señor en familia implica orar juntos, aprender su Palabra y vivir conforme a ella. No se trata de perfección, sino de dirección. Que cada hogar pueda afirmar con convicción que su historia no está guiada por la casualidad, sino por el propósito de Dios, y que en esa decisión firme encuentra identidad, unidad y esperanza.