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Proverbios 4:23 “Sobre toda cosa guardada, guarda tu corazón; porque de él mana la vida”.

Por: Ericka Herrera de Avendaño

La prioridad de todo creyente debe ser la protección de su mundo interior. Tener dominio propio implica entender que nuestras acciones externas son solo el reflejo de lo que permitimos que se aloje en nuestra alma. La orden de “guardar el corazón” exige una postura inamovible frente a las ofensas, la amargura y los deseos que nos alejan de Dios. Si el corazón se contamina, nuestra nitidez espiritual se nubla y perdemos la capacidad de tomar decisiones sabias. 

Mantener una atención constante sobre nuestras emociones es un ejercicio de perseverancia diaria. No podemos descuidarnos ni un solo momento, pues una pequeña raíz de resentimiento puede secar toda nuestra vitalidad espiritual. La Iglesia está llamada a ser un cuerpo sano, y eso comienza con la integridad del carácter de cada miembro. 

Hoy, haz un inventario de lo que has dejado entrar en tus pensamientos últimamente. ¿Hay preocupación excesiva, miedo o envidia? Estar firmes en la fe significa no ceder el control de nuestra paz a las circunstancias externas. Al proteger tu corazón, aseguras que la presencia de Dios fluya libremente a través de ti. Que tu templanza sea el filtro que rechaza lo dañino y abraza lo que edifica. Recuerda que una vida interior bien cuidada es el terreno fértil donde la Palabra de Dios produce fruto abundante. 

No permitas que el ruido del mundo ensucie la fuente de tu vida; mantente atento, mantente puro y permite que el Espíritu Santo sea el custodio de tus sentimientos y motivaciones más profundas.

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