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Romanos 12:1-2 Por consiguiente, hermanos, os ruego por las misericordias de Dios que presentéis vuestros cuerpos como sacrificio vivo y santo, aceptable a Dios, que es vuestro culto racional. Y no os adaptéis a este mundo, sino transformaos mediante la renovación de vuestra mente, para que verifiquéis cuál es la voluntad de Dios: lo que es bueno, aceptable y perfecto.

Por: Daniel Mora Jiménez

Cuando recibimos el mensaje del evangelio y por medio del llegamos al arrepentimiento, aceptando a Jesús como único Señor y Salvador, lo próximo que debemos indagar es ¿Cuál es el propósito de Dios en la nueva vida que hemos recibido? En base a esto el apóstol Pablo menciona en su epístola a los romanos que debemos encaminar nuestra vida a una transformación de nuestra mente quitando de nuestro ser todo vestigio del mundo. A la vez, Pablo nos llama a comprender que, ante la misericordia recibida, la respuesta adecuada es una vida completamente consagrada. El propósito de Dios no es solo salvarnos del pecado, sino dedicarnos para Él, de modo que cada aspecto de nuestra existencia (pensamientos, acciones y deseos) sea una ofrenda continua a su gloria.

Esta consagración no es un acto momentáneo, sino una decisión diaria y constante. Presentar la vida como sacrificio vivo significa vivir para Dios en lo cotidiano, en cada aspecto de nuestra vida, sea en el trabajo, la familia, el estudio y las relaciones personales. Dios desea que cada creyente viva con la conciencia de pertenecerle por completo. Así, el propósito de una vida consagrada es que Cristo sea visible en nosotros, no solo en palabras, sino en la manera en que vivimos. 

Para tener esta vida separada para Dios, Pablo señala que “No os conforméis a este siglo, sino transformaos por medio de la renovación de vuestro entendimiento”, por ende, una vida consagrada implica no dejarnos moldear por los valores del mundo, sino permitir que Dios transforme nuestra mente. El propósito de esta transformación es que pensemos como Dios piensa, amemos lo que Él ama y rechacemos lo que Él rechaza. La consagración comienza en el altar del corazón y se evidencia en una mente renovada.

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