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Salmos 108:1-3 “Mi corazón está dispuesto, oh Dios; Cantaré y entonaré salmos; esta es mi gloria. Despiértate, salterio y arpa; Despertaré al alba. Te alabaré, oh Jehová, entre los pueblos; A ti cantaré salmos entre las naciones”.

Por: Dayse Villegas Zambrano

¿Qué se necesita para glorificar a Dios? Un corazón dispuesto o, en otras palabras, preparado, afirmado y cierto. El corazón del adorador necesita haber tomado la decisión de estar disponible para Dios.  Esa es la actitud de quien entra a la reunión más importante. Va concentrado, deja fuera toda distracción, piensa bien en el significado de lo que dice y lo que oye, toma notas mentales, lee el ambiente. Está con todos sus sentidos en armonía. 

Esa es también la actitud al entrar a la alabanza: un alma que está despierta. El asunto es que muchas veces justo en ese tiempo la congregación está adormecida. Saluda, conversa, se distrae, se pasea, va al baño, contesta una llamada, como si estuviera en el tiempo de los tráileres en el cine. 

Pero esto no es el cine. Si pensamos que el tiempo de la alabanza es el momento ‘fácil’ o ‘de relleno’ del programa de culto, estamos en un gran problema. Si creemos que por sabernos las letras o porque los músicos están a cargo nosotros podemos poner el corazón en piloto automático, estamos quedando faltos, y no participaremos de la gloria de Dios. 

La alabanza no está puesta para hacer tiempo ni para llenar silencios. No es música de espera. Cuando entramos en el culto, la actitud debe ser la del salmo 108: en primera persona. Yo te alabaré, oh Jehová, entre los pueblos. Yo te cantaré salmos entre las naciones. Repita estas palabras en voz alta y conmine a su corazón a adorar de manera consciente, presente y personalizada. 

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