Salmos 115:1-3 “No a nosotros, oh Jehová, no a nosotros, Sino a tu nombre da gloria, Por tu misericordia, por tu verdad. ¿Por qué han de decir las gentes: Dónde está ahora su Dios? Nuestro Dios está en los cielos; Todo lo que quiso ha hecho”.
Por: Dayse Villegas Zambrano
El aspecto más importante de la alabanza es que está enfocada en Dios. Nunca se trata del director de culto ni del vocalista ni de los instrumentistas. “No a nosotros” es un recordatorio de que, tal como dice el título de este salmo, quienes quieren tomar la gloria que corresponde a Dios entran en la categoría de ídolos.
Nuestra época está tan llena de ídolos como la antigüedad, ese es un fenómeno que no ha variado. ¿Cómo evitarlo? Poniendo la mirada en Dios y repitiendo: “No a nosotros, sino a tu nombre”. Así, por ejemplo, podremos considerar a los hermanos que dirigen la música como copartícipes de la adoración, sin alabarlos en exceso y sin criticarlos sin piedad.
El tiempo de la alabanza lo hacemos entre todos, desde el altar hasta la última fila. Es un esfuerzo congregacional, una ofrenda comunitaria, y si nosotros desde nuestro puesto percibimos que algo falla, no es ocasión de quejarnos; es nuestro deber ayudar a empujar el carro, cantar con fuerza, sostener el ritmo, enfocar ese momento en Aquel a quien le pertenece. Porque cuando alabamos no estamos simplemente deleitándonos con la música. Nadie nos debe un concierto ni la mejor acústica.
Cuando alabamos no se trata de nosotros, se trata de Dios. Estamos testificando de él a un mundo que nos pregunta: ¿Dónde está su Dios? No están preguntándonos por el grupo o por los cantantes, y aun si lo hicieran, nuestra respuesta –que debe estar en la letra y música de cada alabanza– debe guiarlos a Él: Nuestro Dios está en los cielos; todo lo que quiso ha hecho. Al alabar, cantemos de Dios y para Dios.