Salmos 16:5-6 Jehová es la porción de mi herencia y de mi copa; Tú sustentas mi suerte.Las cuerdas me cayeron en lugares deleitosos, Y es hermosa la heredad que me ha tocado.
Por: Dayse Villegas Zambrano
En la repartición de la tierra que hizo Josué en Canaán, cada tribu recibió su parte, menos la de Leví (Deuteronomio 10:8-9). Después, las tierras de cada tribu fueron repartidas entre las familias. El sorteo de las tierras revelaba la voluntad de Dios para cada persona.
Para el reparto de tierras se usaban cuerdas. Esas cuerdas encerraban la posesión que por voluntad divina un hombre y su familia recibían para vivir y trabajar. Es un legado que pasaría a las siguientes generaciones.
La copa es un símbolo del destino, que puede ser de esperanza (como en la Cena del Señor) o de sufrimiento (como la copa que Cristo asemejó a la cruz). Que una persona esté feliz y satisfecha con lo que le ha sido dado en esta vida no es tan frecuente. Aun si alguien se siente en paz y agradecido con lo que tiene, puede que en algún momento se sienta preocupado por los comentarios que recibe, por la manera en que lo perciben los demás.
En un mundo que clasifica a las personas en ganadores y perdedores de acuerdo a sus posesiones y a su posición social, es fácil sentirse en una escala que determina nuestro valor como personas.
Sin embargo, recordemos que Jehová pesa los corazones (Proverbios 21:2). Él determina el contenido y la cantidad de nuestra copa (Salmos 23:5). Él tiene para nosotros una herencia gloriosa (1 Pedro 1:4). Lo que tenemos y somos ahora, en este momento, es por su voluntad (Hechos 17:28). Y es necesario que demos las gracias en todo (1 Tesalonicenses 5:18). Nuestra identidad y nuestro valor están resguardados en él (Colosenses 3:3).
Esta es una invitación a vivir constantemente felices y firmemente agradecidos; no resignados, sino con una actitud victoriosa, conscientes de nuestra gran fortuna. Dios sustenta nuestra suerte. Así no tuviésemos, como los levitas, una propiedad, patrimonio o legado en la tierra para dejar a nuestros descendientes, Dios mismo se ha convertido en nuestra herencia y nuestro futuro; nuestra familia jamás estará desprovista. Tenemos su aprobación para llevar una vida de deleite y de belleza, independiente de los afanes de este mundo. Una vida de gloria.