Salmos 43:5 ¿Por qué te abates, oh alma mía, Y por qué te turbas dentro de mí? Espera en Dios; porque aún he de alabarle, Salvación mía y Dios mío.
Por: Dayse Villegas Zambrano
Dejar de pensar en nosotros mismos cuando estamos sufriendo y enfocar nuestro pensamiento en confiar, alabar y agradecer a Dios es un esfuerzo sobrehumano; no es exagerado decirlo, porque necesitamos de la ayuda del Espíritu para sobreponernos.
En los Salmos 42 y 43, los poetas y músicos pertenecientes a la familia de Coré cantan de una temporada desértica, sedienta. Días en que ayunaron pero de tristeza, llorando de día y de noche. Días de afrenta, en que sus enemigos dejaron de alegrarse en silencio y pasaron a atacarlos diciéndoles: ¿Dónde está tu Dios? (Salmos 42:3).
Todo lo que tienen son recuerdos, y a ellos se aferran. Cómo dirigían a la multitud en la procesión hacia la casa de Dios. Las voces de alegría y de canto del pueblo en fiesta. Son memorias a la distancia, viviendo lejos de su tierra, sin culto y sin templo, en el exilio. Imposibilitados de ejercer su oficio y, sin embargo, firmes en seguir escribiendo las canciones.
Pero una de las líneas más conmovedoras es cuando le cantan a su propia alma para sacarla de las profundidades del dolor. ¿Por qué te abates, por qué te turbas? Espera en Dios. Y convierten estas palabras en un coro que se repite tres veces en estos dos poemas: Aún he de alabarle, salvación mía y Dios mío.
Estos salmos nos introducen a una forma de glorificar a Dios que usamos tal vez muy poco: la promesa de la alabanza futura. Es una expresión grandiosa. Surge en medio del sufrimiento, pero es una declaración de confianza y optimismo. Saldremos de esto y entonces tendremos muchas ocasiones para alabarle como lo hemos hecho antes, con libertad, juntos, con todas las de ley.
¿Tenemos nosotros ocasiones para ponerlo en práctica? Seguro que sí. Ahora mismo. Sanaremos de esta enfermedad y testificaremos. Veremos a nuestra familia reconciliada y nos alegraremos. Saldremos de este problema y daremos acción de gracias. Y aún más: aunque estos tiempos son malos, esperamos al Señor que vendrá, tal como dijo (Mateo 25:31) y nos reuniremos con él en una celebración eterna (Apocalipsis 7:9-10).