Salmos 66:1-3 Aclamad a Dios con alegría, toda la tierra. Cantad la gloria de su nombre;Poned gloria en su alabanza.Decid a Dios: ¡Cuán asombrosas son tus obras!
Por: Dayse Villegas Zambrano
Este es el himno de acción de gracias de uno que fue socorrido por Dios y ofrece sacrificios en el templo e invita a otros a que se unan a la adoración. Es un canto conjunto, porque canta la congregación en plural, pero al final del salmo, el músico principal interviene: Contaré lo que ha hecho a mi alma.
Este cantante hasta ahora anónimo nos deja una recomendación. ¿Cómo conseguir que Dios nos escuche? Vuelven a aparecer elementos que ya hemos encontrado en los salmos: clamor y exaltación. Pero hay un factor más. “Si en mi corazón hubiese yo mirado a la iniquidad, el Señor no me habría escuchado”.
Esto nos abre un aspecto en el cual debemos mantenernos firmes y constantes en glorificar a Dios: en tomar todas las medidas necesarias para resistirnos a mirar siquiera la maldad (Mateo 5:29). Sabemos que Dios oye la voz de los justos y de los humildes (Salmos 34:17-19). Al contrario, un corazón no arrepentido que quiera acercarse a Dios se encontrará con que este cortará la comunicación (Salmos 66:20).
Antes de dar testimonio o alabanza, hay que atender el estado de nuestros corazones. Un agradecimiento o halago superficial no es suficiente. Para poder hablar de las obras de Dios, hay que estar en condiciones de contar lo que él ha hecho a nuestra alma.
El músico de este salmo lo entendió bien. No sabemos si Dios lo salvó de una enfermedad, un atentado o una calamidad familiar, eso no lo cuenta en su canción, pero sí nos enteramos de que sea cual fuera la situación, Dios obró en el alma de esta persona y la dejó en condiciones de adorar. ¿Está nuestra alma en condiciones de adorar? Pongámonos a cuentas. Seamos firmes y constantes en presentarnos delante de Dios para que él atienda nuestras almas, para entonces poder glorificarle.