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Salmos 84:2 Anhela mi alma y aun ardientemente desea los atrios de Jehová; Mi corazón y mi carne cantan al Dios vivo.

Por: Dayse Villegas Zambrano

¿Con qué propósito vamos nosotros al templo? ¿Con qué actitud? Debe ser con un anhelo ardiente. ¿Cómo se llega a ese estado? Cuando el corazón, tanto en el sentido espiritual como físico, ve la casa de Dios como la propia casa, como un hogar. Cuando ha encontrado cerca del altar un sentido de seguridad y familiaridad. 

En el verso 1, los hijos de Coré describen la casa de Dios como amable. Un lugar donde uno desea estar. Un lugar en el que un día es más memorable que mil fuera. En el que tan solo con estar en la puerta ya se siente bienestar. Pero hay una razón: el santuario es un lugar atrayente cuando allí está la presencia de Dios. “Porque sol y escudo es Jehová Dios; gracia y gloria dará Jehová”. 

Él es el sol de la iglesia, el sol de nuestras congregaciones. Es la luz y la calidez que nos hace estar contentos. Sí es posible que algunas personas vayan a la iglesia por presión, por costumbre, por compromiso, sin un deseo real, sin ese anhelo vivo que hay en este salmo. Ninguna de esas razones es suficiente para congregarse. 

Si se siente así, no se quede callado, pero tampoco se aleje. Actúe. Haga lo que hemos estado insistiendo en estos devocionales, busque el rostro de Dios. No se conforme con enfriarse y renunciar, vuélvase al habitante principal del santuario y búsquelo en lo secreto (Mateo 6:6). Confiésele sus transgresiones y tenga paz y gozo (1 Juan 1:9). 

No cometa el error de ir a buscar soluciones en otras personas. En la iglesia hay muchos servidores asignados a diferentes ministerios que estarán encantados de servirle, pero cualquiera de ellos que esté bien capacitado lo encaminará hacia Dios. Y cuando cante, no se conforme con hacer oír su voz y sus manos o con escuchar a los músicos. Ambicione esto: que su corazón y su cuerpo canten al Dios vivo. 

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