Salmos 91:14-16 “Por cuanto en mí ha puesto su amor, yo también lo libraré; Le pondré en alto, por cuanto ha conocido mi nombre. Me invocará, y yo le responderé; Con él estaré yo en la angustia; Lo libraré y le glorificaré. Lo saciaré de larga vida, Y le mostraré mi salvación”.
Por: Dayse Villegas Zambrano
El Salmo 91 es una declaración de protección que cuenta con dos voces, la del salmista (Diré yo a Jehová: Esperanza mía, y castillo mío) y la de Dios, que cierra el poema en los tres últimos versos. Es la reacción de Dios al ver la firmeza de un alma confiada.
Un alma confiada ha puesto su amor en Dios. No es solo una relación de conveniencia o por temor. Es un conocimiento personal, una relación establecida, una amistad consolidada.
Un alma confiada conoce el nombre de Dios, es lo primero que piensa al despertar, en los tiempos de angustia, en la hora de necesidad y también en los momentos de máxima felicidad y agradecimiento.
Un alma confiada obtiene la respuesta de Dios a su clamor; no guarda falsas esperanzas. Recibe liberación a tiempo. Es puesta en alturas, en sitio seguro, y de allí no cae (Habacuc 3:19).
Un alma confiada pasa por tiempos de angustia, pero no lo hace sola. En medio de toda prueba, sabe que Dios está con ella compartiendo su dolor, y por eso puede vivir la tribulación con dignidad y resistencia.
Un alma confiada, además, tiene la promesa de que Dios la glorificará. Cuando la haya librado, cuando el peligro haya pasado, Dios le concederá participar de su gloria.
Esto nos habla de la generosidad de Dios, quien es muy cuidadoso de lo que le corresponde, de su gloria, pero cuando un alma halla gracia ante él, la invita a entrar a su presencia y la hace disfrutar de la saciedad de la vida eterna y de la salvación.
Dios está prometiendo compartir su gloria con nosotros, ¿la buscaremos en este año? ¿Nos acercaremos confiadamente a su presencia?.