Salmos 96:8 Tributad al SEÑOR la gloria debida a su nombre; traed ofrenda y entrad en sus atrios.
Por: Daniel Mora Jiménez
En las lecturas anteriores hemos detallado el propósito de Dios en la vida del hombre, hemos señalado que Dios se delita en su pueblo, en la obra que cada día lleva a cabo, pero ahora plantemos la siguiente pregunta ¿cuál es la actitud que debe asumir el hombre al conocer el propósito de Dios y contemplar las obras de su mano? El salmo 148 es una invitación para que toda la creación lleve, debido a su existencia, constante alabanza al Señor, y algo que resalta el salmista es que aquella gloria es en función de un tributo, siendo este una prestación que un soberano demanda de un inferior, pero esta demanda de Alabanza en honor a Dios no debe ser entendida como el tributo que un Rey terrenal demanda a sus súbditos. Dar gloria a Dios trae bienestar a su pueblo.
Nuestra alabanza a Dios no es en función de una obligación o imposición de un dios caprichoso y egoísta, sino que nace del entendimiento de su creación, saber que somos obras de su mano, quién no solo nos creó, sino que también con su brazo de poder nos sostiene y cuida de los suyos. En el libro de Efesios 1:5-6, el apóstol Pablo está resaltando la obra redentora de Cristo en favor del hombre pecador, pero resalta que aquella obra salvífica en un corazón entendido se gesta una actitud de agradecimiento y alabanza a Dios. La realidad de un pueblo escogido por gracia, que alcanza la condición de hijos de Dios y que se vinculan con Él en Cristo, es motivo de alabanza a Dios. En este sentido, Él ha hecho a los creyentes lo que son, hijos de Dios, por medio de la realización en ellos y para ellos de su propósito eterno, lo cual resuena como un canto de alabanza de su gracia. Es la extasiada contemplación de la acción de la gracia que conduce al apóstol Pablo al escribir: “Bendito sea el Dios y Padre de nuestro Señor Jesucristo”.
Por tanto, tributar al Señor la gloria debida a su nombre no es solo una expresión verbal de alabanza, sino una disposición integral del corazón que se manifiesta en una vida rendida ante Él. Entrar en sus atrios con ofrenda implica reconocer que todo lo que somos y poseemos proviene de su gracia, y que nuestra respuesta natural es vivir para su honra. Así, la adoración deja de ser un acto momentáneo y se convierte en el sello permanente de aquellos que han comprendido el propósito de Dios y han sido alcanzados por su redención. Que nuestra vida entera proclame, con gratitud y reverencia, la gloria del Señor.