1 Corintios 14:20 “Hermanos, no seáis niños en el modo de pensar, sino sed niños en la malicia, pero maduros en el modo de pensar”.
Por: Ericka Herrera de Avendaño
La madurez es el nombre que recibe la sobriedad cuando ha pasado por el tiempo y la experiencia. Pablo nos llama a abandonar la infancia espiritual, caracterizada por la inestabilidad y la búsqueda de sensaciones emocionales. Un niño espiritual es fácil de engañar y difícil de mantener constante; la Iglesia, sin embargo, debe aspirar a un pensamiento maduro.
Ser sobrios es pensar con profundidad, analizando las consecuencias de nuestras decisiones y buscando siempre la gloria de Dios. Velar sobre nuestro “modo de pensar” significa no permitir que la lógica del mundo gobierne nuestras conclusiones.
La madurez espiritual nos permite estar firmes incluso cuando no entendemos los procesos de Dios, porque nuestra confianza no se basa en sentimientos, sino en el carácter del Señor. La malicia debe ser ajena a nosotros, pero la inteligencia espiritual debe ser nuestro estandarte. Velar implica un ejercicio mental constante: filtrar cada pensamiento por la luz de la Biblia. La constancia de un creyente maduro no depende de las circunstancias externas, sino de una convicción interna bien estructurada. Hoy, el Señor nos llama a crecer.
Deja atrás las rabietas, la susceptibilidad y la búsqueda de gratificación inmediata. Ser maduros es ser sobrios en el juicio y constantes en el propósito. La firmeza de la Iglesia se manifiesta cuando sus miembros dejan de ser movidos por cualquier viento de doctrina y se convierten en columnas sólidas de fe. Que tu oración hoy sea pedir al Espíritu Santo que eleve tu nivel de pensamiento, para que puedas velar con sabiduría y actuar con la prudencia de aquellos que han alcanzado la estatura de Cristo.