2 Timoteo 4:10 “Porque Demas me ha desamparado, amando este mundo, y se ha ido a Tesalónica.”
Por: José Antonio Villegas Zambrano
El apóstol Pablo comparte una de las notas más dolorosas de su ministerio, registrando la deserción de un colaborador cercano en un momento de crisis. La expresión “amando este mundo” proviene de la construcción griega “agapasas ton nyn aiona”, que significa literalmente haber puesto todo el afecto de su corazón, devoción y lealtad en los valores, modas, comodidades materiales de este mundo. El caso de Demas representa el perfil de aquellos cristianos que inician bien el camino de la fe, pero que termina claudicando su firmeza espiritual cuando son seducidos por el entorno y todo lo que este le ofrece.
El mundo y su seducción no siempre atacan a la iglesia mediante agresiones frontales o debates; sino que comúnmente opera de forma silenciosa, ofreciendo prosperidad económica, entretenimiento constante y una vida sin tantas demandas de santidad. El peligro latente es el desarrollo de una mentalidad materialista, donde la mirada de los creyentes no esté en el reino de Dios y su justicia o en hacer tesoros en el cielo sino en acumulación de bienes terrenales.
Irse a “Tesalónica” implicaba buscar la comodidad, huir del sufrimiento por causa del Evangelio de la verdad para integrarse a una vida sin demandas morales claras. Cuando la iglesia cede ante la presión del mundo, comienza a imitar sus costumbres, a tolerar el pecado y a silenciar el llamado urgente al arrepentimiento. Retener la firmeza demanda que vivamos con la convicción de que somos extranjeros y peregrinos en esta tierra, y que nuestra ciudadanía definitiva está localizada en los cielos.
Debemos enseñar con claridad que el amor al mundo es incompatible con el amor al Padre, y que la amistad con el constituye una enemistad directa contra Dios. Amada iglesia. Debemos resistir firmes, con la mirada puesta en los cielos donde mora Cristo esperando el galardón eterno que os espera. Recordemos que este mundo pasa y sus deseos también, pero el que hace la voluntad de Dios permanece para siempre, Amén.