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Juan 1:4–5 “En él estaba la vida, y la vida era la luz de los hombres. 5 La luz en las tinieblas resplandece, y las tinieblas no prevalecieron contra ella”.

Por: Pst. David Agustín Pérez Vera

La Navidad nos recuerda que la luz de Dios, irrumpió en la oscuridad del mundo, a través del nacimiento de Jesús. Juan no comienza su evangelio hablando de un pesebre, sino de la eternidad: “En Él estaba la vida”. Antes de Belén, antes del mundo, el Verbo existía, lleno de gloria y vida. Cuando Cristo vino a esta tierra, esa vida eterna se hizo visible entre los hombres, trayendo luz donde solo había sombras, muerte, dolor y desesperanza.

El mundo de aquel tiempo estaba lleno de confusión espiritual, dominado por imperios humanos y sin verdadera esperanza. En muchos sentidos, nuestro mundo actual se parece, abundan la violencia, el vacío del alma y la indiferencia hacia Dios y todo lo que representa su Amor para con la humanidad. Pero, así como entonces, hoy también brilla la luz de Cristo. Nada, ni el pecado, ni el dolor, ni la incredulidad, puede apagar esa luz.

El nacimiento de Jesús no solo fue el cumplimiento de una promesa, sino la manifestación del carácter de Dios, un Dios que no abandona a su creación, sino que desciende para rescatarla. Su luz transforma corazones, sana heridas y revela el camino hacia la vida verdadera, la cual es en Cristo Jesús. Amado hermano y amigo, cada época de la Navidad es una oportunidad para recordar que la oscuridad nunca tiene la última palabra.

Hoy por hoy, cuando encendemos luces en nuestros hogares, recordemos que esas luces son un símbolo de una verdad eterna, Cristo Jesús, la luz del mundo, sigue brillando. Y como discípulos de Jesús, estamos llamados a reflejar esa luz en un mundo que aún necesita esperanza. Shalom.

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