Salmo 30:1 Te glorificaré, oh Jehová, porque me has exaltado, Y no permitiste que mis enemigos se alegraran de mí.
Por: Dayse Villegas Zambrano
No hace falta que alguien nos ataque, nos golpee, nos robe o nos insulte para que sea nuestro enemigo. Es suficiente con que nos vea caer, fracasar, enfermar o sufrir una pérdida y se alegre en su interior. Aunque nunca nos diga nada.
Así que es difícil saber exactamente cuántos enemigos tenemos. Nos gustaría pensar que no los tenemos, pero lo cierto es que no podemos mirar en todos los corazones. Con certeza tenemos un enemigo común a toda la especie humana (Juan 8:44). También hay todo un mundo que nos aborrece (Juan 15:18-19).
Además, contamos con una enemiga muy cercana, a la que vemos todos los días, que es nuestra propia naturaleza pecaminosa. ¿Cuántas veces no nos hemos asombrado de cómo nos saboteamos a nosotros mismos tan solo con hablar de más?
Entonces no es exagerado pensar que siempre hay alguien que se alegra de que nos vaya mal, así sea en lo más mínimo.
¿Qué haremos al respecto? Vivir en guerra con las demás personas no es aconsejable, pero hay que recordar que vivimos una guerra de tipo espiritual; en Efesios 6:12 se nos da una lista de enemigos a los que no podemos subestimar. Y los enfrentaremos con las únicas armas que se nos han prometido, las de la protección de Dios (Efesios 6:13-18).
Y esta es la recomendación de hoy: seamos firmes y constantes en usar esta armadura a diario. Llevarla glorifica a Dios y nos protege de los enemigos, nos mantiene a salvo y no permite que nadie tenga ocasión de alegrarse de nuestro mal. Pero también nos exalta. El que lleva la armadura de Dios participa de su gloria.