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Génesis 1:26-27 Y dijo Dios: Hagamos al hombre a nuestra imagen, conforme a nuestra semejanza; y ejerza dominio sobre los peces del mar, sobre las aves del cielo, sobre los ganados, sobre toda la tierra, y sobre todo reptil que se arrastra sobre la tierra. Creó, pues, Dios al hombre a imagen suya, a imagen de Dios lo creó; varón y hembra los creó.

Por: Daniel Mora Jiménez

Alguna vez te has preguntado ¿qué significa el hecho de que el hombre haya sido creado a imagen y semejanza de Dios? El contexto histórico cultural muestra que las civilizaciones antiguas creían que la imagen de una deidad contenía su misma esencia y que por medio de ella dicha deidad podría cumplir sus propósitos. Otros mencionan que cada vez que un rey conquistaba una región construía una imagen de sí mismo para identificar que dicho territorio estaba bajo su autoridad. Estas perspectivas aportan cierto entendimiento a nuestra pregunta inicial y así entender ¿cuál es el propósito de la vida del hombre?

Partamos de la idea de que todo lo que existe tiene un propósito, pues su diseñador es un ser muy inteligente, Dios es tan basto en sabiduría que a todo lo que creó le designó un fin muy importante para la vida y desarrollo de lo creado. Pero en los días creativos de Dios, observamos que solo al hombre le dio la distinción de ser hecho a su imagen y semejanza. Si vemos el versículo principal, Dios señala un propósito en función de las cualidades otorgadas y es “ejercer dominio sobre todo lo creado”, es decir, el hombre sería el administrador de toda la belleza de la creación y para ello Dios le comunicó al hombre de su autoridad para que sea su representante en la tierra; tomando las ideas del contexto histórico cultural, el hombre reflejaría en toda la tierra que Dios es el Rey y Soberano de todas las cosas. 

Pero esa no es toda la idea, pues otros teólogos consideran que la imagen de Dios se refleja en el diseño de nuestro cuerpo siendo que Dios expresa su poder por medio de nuestras capacidades, por ejemplo, nuestros ojos nos comunican de que así mismo como nosotros podemos ver todas las cosas, Dios puede verlo todo y aún más profundo de lo que el hombre ve, nuestro gusto, tacto y olfato nos dan la capacidad de entender y disfrutar la creación, lo que refleja el hecho que Dios mismo entiende y disfruta su creación, aunque en una forma superior a la nuestra. Así podríamos continuar describiendo cada capacidad de nuestro ser comparada a la inmensidad de Dios, pero el fin de todo es saber y entender que tenemos un propósito eterno y es reflejar a Dios. Esto se ve fácil, pero tenemos un pequeño y gran detalle, hemos pecado y estamos destituidos de la gloria de Dios, por ende, ya no hay una imagen clara de Dios en el hombre, es totalmente borrosa. 

Sin embargo, Dios muestra su amor para con nosotros que ha enviado a Jesús para repararlo todo, incluido su imagen y semejanza en nosotros. La obra redentiva de Dios se efectúa en la vida de todo aquel que recibe a Jesús como su Señor, siendo cada día transformado, siendo que al decir “ya no vivo yo más Cristo vive en mí”, no solo estamos hablando de una renuncia a nuestra naturaleza de pecado, sino que estamos mostrando aquel deseo de retomar el propósito de nuestras vidas al ser hechos a imagen de Dios. Cristo es aquella luz que vino al mundo para que en su luz veamos la luz de lo que somos y el por qué fuimos creados. 

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