Juan 13:35 “En esto conocerán todos que sois mis discípulos, si tuviereis amor los unos con los otros.”
Por: Nelly Jácome de Pérez
Nuestro amor por los demás debe reflejar el amor mutuo entre el Padre y el Hijo, así como el amor que Jesús tiene por nosotros, “como había amado a los suyos que estaban en el mundo, los amó hasta el fin” (Juan 13:1). Debemos demostrar este amor de manera tan evidente, que se haga perceptible a todo el mundo como sello distintivo de que somos hijos de Dios.
Dios nos llama a una vida de amor que va más allá de los sentimientos y emociones humanas. El amor es una decisión comprometida y reflexiva de servir a Dios y al prójimo. Este tipo de amor nos impulsa a trabajar por el bienestar de todas las personas: de quienes nos resulta fácil amar y de quienes nos resulta difícil amar. Amar a los demás como Jesús nos ama es una decisión comprometida de amar a pesar de nuestros sentimientos o de cómo nos tratan los demás. Significa amar a quienes nos rodean. Este tipo de amor puede sanar una familia, restaurar un matrimonio, transformar un lugar de trabajo o traer armonía y unidad en el cuerpo de Cristo.
Por tanto, el amor no es principalmente un sentimiento o emoción; es un acto de la voluntad humana. El amor es una decisión comprometida y meditada de amar y servir tanto a Dios como al prójimo. Este amor nos impulsa a trabajar por el bienestar de los demás, incluso cuando eso signifique sacrificar el nuestro. Este es el amor ágape, lleno de gracia, del que hablan las Escrituras (1 Corintios 13:4-7). Tiene esa clase de amor? Pero por la gracia de Dios, no tenemos que hacerlo solos. De hecho, no podemos hacerlo solos. Necesitamos la gracia y la fuerza de Dios para amar a los demás. Aquel que nos llama a amarnos unos a otros es también quien nos capacitará para hacerlo, Amén.