Iglesia, Estad Firmes y Constantes en la Sana Doctrina: 2 Timoteo 4:3-4 “Porque vendrá tiempo cuando no sufrirán la sana doctrina, sino que teniendo comezón de oír, se amontonarán maestros conforme a sus propias concupiscencias, 4 y apartarán de la verdad el oído y se volverán a las fábulas”.
Por: Pst. David Agustín Pérez Vera
Vivimos en una generación donde la verdad ha sido relativizada. Lo que antes era firme y absoluto, hoy es negociable, moldeable, adaptable a los deseos del corazón humano. El apóstol Pablo, con una claridad profética, describe un tiempo en el que las personas no soportarían la sana doctrina. No dice que no la conocerían, sino que no la soportarían. Esto implica una resistencia interna, un rechazo consciente hacia aquello que confronta, corrige y dirige la vida hacia el Eterno.
La sana doctrina no fue diseñada para entretener, sino para transformar. Tiene el poder de incomodar al corazón endurecido, de exponer intenciones ocultas y de llevar al hombre a una rendición genuina. Sin embargo, cuando el corazón se inclina más hacia sus propios deseos que hacia la voluntad de Dios, comienza a buscar voces que validen su condición en lugar de confrontarla. Es ahí donde nacen los “maestros conforme a sus propias concupiscencias”, aquellos que suavizan la verdad para hacerla más digerible, pero menos poderosa.
Permanecer en la Verdad requiere más que conocimiento; exige amor por ella. Porque solo aquello que se ama se defiende, se guarda y se vive. No es suficiente escuchar sermones o leer la Biblia ocasionalmente. Permanecer implica arraigo, constancia, decisión. Es elegir la Verdad incluso cuando no es popular, incluso cuando cuesta, incluso cuando nos deja sin excusas.
Hoy más que nunca, la iglesia está llamada a mantenerse firme, no movida por emociones pasajeras ni por tendencias culturales, sino por la Palabra eterna de Dios. La firmeza no se demuestra en momentos fáciles, sino cuando la verdad es desafiada.
Que nuestro corazón no busque lo que agrada, sino lo que edifica. Que no corramos tras voces, sino que permanezcamos en la voz de Dios. Porque al final, no será la popularidad lo que sostenga nuestra fe, sino la verdad que decidimos abrazar. Shalom.