Juan 8:31 “Dijo entonces Jesús a los judíos que habían creído en él: Si vosotros permaneciereis en mi palabra, seréis verdaderamente mis discípulos”.
Por: Pst. David Agustín Pérez Vera
Nuestro Señor Jesucristo establece una condición clara para el discipulado, y, es permanecer en su Palabra. No basta con escucharla, ni siquiera con conocerla. Permanecer implica continuidad, constancia, una relación viva y activa con la verdad.
En una cultura de lo inmediato, permanecer parece difícil. Todo invita al cambio, a la novedad, a lo pasajero. Pero la vida espiritual no se construye sobre lo momentáneo, sino sobre lo permanente. Permanecer en la Palabra es más que leerla; es habitar en ella. Es permitir que moldee pensamientos, que dirija decisiones, que transforme actitudes. Es una relación diaria, no un encuentro ocasional.
El que permanece no es perfecto, pero es constante. No es aquel que nunca falla, sino aquel que siempre regresa a la verdad. Es alguien que ha entendido que fuera de la Palabra no hay estabilidad. Jesús no promete libertad a los que oyen, sino a los que permanecen. Porque es en la permanencia donde la verdad se revela en profundidad. Donde deja de ser información y se convierte en transformación. Muchos visitan la Palabra, pero pocos permanecen en ella. Y esa diferencia marca el rumbo de la vida espiritual. Uno vive de momentos, el otro vive de convicción.
Hoy, el llamado es claro amados hermanos y amigos, y es, a permanecer de manera constante. No por obligación, sino por necesidad. Porque en la Palabra está el camino, la verdad y la vida. Y quien permanece en ella, permanece en Cristo. Shalom.