Filipenses 2:3 “Nada hagáis por contienda o por vanagloria; antes bien con humildad, estimando cada uno a los demás como superiores a él mismo”.
Por: Marianella Layana de Jácome
Hay una historia que cuenta que en una iglesia un hombre servía fielmente desde hacía muchos años. Llegaba temprano, acomodaba las sillas, limpiaba cuando era necesario y ayudaba en silencio. Un día llegó un visitante y, al verlo realizando tareas sencillas, pensó que era el encargado de mantenimiento. Más tarde se sorprendió al descubrir que aquel hombre era uno de los líderes más respetados de la congregación.
Cuando alguien le preguntó por qué realizaba trabajos que otros consideraban insignificantes, respondió: “Hace mucho tiempo entendí que en el Reino de Dios no importa quién recibe el reconocimiento, sino quién está dispuesto a servir”. Vivimos en un mundo que nos enseña a sobresalir, competir y buscar reconocimiento. Queremos ser vistos, valorados y aplaudidos. Sin darnos cuenta, esa misma actitud puede infiltrarse en nuestra vida espiritual. Podemos servir esperando que otros lo noten, ayudar esperando gratitud o trabajar para Dios buscando aprobación humana.
Sin embargo, la madurez espiritual nos lleva por un camino diferente. Nos enseña a servir, aunque nadie nos vea, a amar, aunque no recibamos nada a cambio y a alegrarnos cuando otros son bendecidos, incluso si nosotros permanecemos en segundo plano. Una frase que me gustó mucho decía “La humildad no consiste en pensar menos de nosotros mismos, sino en pensar menos en nosotros mismos”. Eso significa comprender que todo lo que somos y tenemos proviene de Dios. Cuando entendemos esto, desaparece la necesidad de competir con los demás, y la necesidad de ser reconocidos.
Jesús es el ejemplo perfecto. Siendo Señor de todo, lavó los pies de sus discípulos. Pudo haber exigido ser servido, pero eligió servir. Pudo haber buscado honra, pero escogió el camino de la humildad. Las personas espiritualmente maduras no son aquellas que ocupan los lugares más visibles, sino aquellas que han aprendido a ocupar con gozo los lugares más humildes. Porque quien ha encontrado su identidad en Dios ya no necesita vivir buscando la aprobación de los hombres., sino que busca solamente agradar a Dios.