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Hebreos 10:25 “No dejando de congregarnos, como algunos tienen por costumbre, sino exhortándonos; y tanto más, cuanto veis que aquel día se acerca”.

Por: Marianella Layana de Jácome 

Un carbón encendido puede permanecer brillante y producir calor mientras está junto a los demás. Sin embargo, cuando se separa del fuego, poco a poco pierde su calor hasta apagarse. Pero si vuelve a colocarse entre los demás carbones encendidos, recupera nuevamente su brillo y su calor.

Cuando nos alejamos de la comunión con otros creyentes, poco a poco el entusiasmo por Dios puede disminuir. La oración se vuelve menos constante, el ánimo decae y las luchas parecen más pesadas. En cambio, cuando compartimos con la Iglesia, recibimos fuerzas para seguir adelante. Escuchamos una palabra que necesitábamos, alguien ora por nosotros, aprendemos juntos y recordamos que no estamos solos.

En los planes de Dios nunca estuvo que la vida cristiana se viviera en soledad. Desde el principio formó una familia de fe para que sus hijos caminaran juntos, se animaran y se fortalecieran unos a otros. La madurez espiritual también se refleja en reconocer que necesitamos de otros. Dios usa a nuestros hermanos para corregirnos, animarnos y ayudarnos a crecer. Nadie es tan fuerte como para no necesitar el apoyo de la familia de la fe.

Nuestro Señor no nos invita solo a asistir a un lugar, sino a que formemos parte de una familia donde puedas crecer y servir junto con otros. Caminar con Cristo es una bendición, pero caminar con Él acompañado por su pueblo hace el recorrido más firme y lleno de esperanza.

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