Gálatas 5:22−23 “Mas el fruto del Espíritu es amor, gozo, paz, paciencia, benignidad, bondad, fe,mansedumbre, templanza; contra tales cosas no hay ley”.
Por: Marianella Layana de Jácome
Cuando un árbol está sano, no necesita esforzarse para producir fruto; simplemente da lo que lleva por dentro. Una persona que camina con Dios comienza a reflejar en su vida el carácter de Cristo. No sucede de un día para otro, sino poco a poco, mientras permite que el Espíritu Santo transforme su corazón.
Imagina dos manzanos. Uno recibe agua, cuidado y luz; el otro está completamente abandonado. Aunque ambos sean árboles, solo uno dará frutos saludables. Así también ocurre con nuestra vida. Si cada día buscamos a Dios, escuchamos su voz y obedecemos su Palabra, el fruto del Espíritu crecerá en nosotros. Pero si descuidamos nuestra relación con Él, será más fácil que aparezcan el enojo, la impaciencia o el egoísmo.
La madurez espiritual se evidencia en la forma en que tratamos a los demás, en cómo respondemos cuando alguien nos hiere y en la paz que mantenemos aun en medio de las dificultades. Dios no nos pide que hagamos algo extraordinario. El solo quiere que aprendamos a responder con paciencia en casa, que perdonemos a quien nos ofendió, que hablemos con amabilidad o que mantengamos la paz en una conversación difícil. Es en esos pequeños momentos donde el fruto del Espíritu comienza a hacerse visible en nuestra vida.
Cuando decidimos amar, perdonar y actuar con dominio propio es una señal de que Cristo está formando nuestro carácter. Esa es la verdadera madurez espiritual: parecerse más a Jesús cada día.