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1 Juan 5:4 “Porque todo lo que es nacido de Dios vence al mundo; y esta es la victoria que ha vencido al mundo, nuestra fe.”

Por: Marianella Layana de Jácome 

Todos, en algún momento de la vida, enfrentamos situaciones que parecen superar nuestras fuerzas. Hay días en los que las noticias nos sorprenden, las puertas parecen cerrarse y las respuestas de Dios parecen tardar en llegar. Es precisamente en esos momentos cuando la fe deja de ser solo una palabra y se convierte en una decisión: elegir confiar en Dios aun cuando no entendemos lo que estamos viviendo. La fe nos recuerda que Dios lo ve todo. Él conoce el final de la historia cuando nosotros apenas estamos atravesando una parte del camino. La madurez espiritual consiste en aprender a confiar en el corazón de Dios, en su amor y en su fidelidad, incluso cuando sus planes no son claros para nosotros.

En estos días, un país hermano fue golpeado por un devastador terremoto, y muchas familias vivieron y viven aún, momentos de profunda angustia, dolor, temor e incertidumbre. En cuestión de segundos, lo que parecía seguro cambió por completo; hogares quedaron destruidos, familias enfrentaron la irreparable pérdida de seres queridos y muchos vieron cómo sus casas desaparecían ante sus ojos. Algunos tuvieron que despedir a padres, hijos, esposos o esposas, mientras otros quedaron con el corazón destrozado después de perderlo todo.

Dios sigue siendo nuestro refugio, nuestra fortaleza y la ayuda presente en medio de la dificultad. La fe no significa que nunca sentiremos dolor o miedo; significa saber que, aun en medio de la tormenta, no estamos solos. Cuando todo parece moverse a nuestro alrededor, las manos de Dios siguen sosteniendo a sus hijos.

Cada prueba puede convertirse en una oportunidad para crecer, aprender a depender más de Él y descubrir que su fidelidad permanece aún en los momentos más difíciles. La fe madura no se desarrolla cuando todo es fácil; se forma cuando decidimos permanecer firmes y confiar.

La victoria que Cristo nos promete no es una vida libre de dificultades, sino la seguridad de que ninguna prueba será más grande que su Presencia. Cuando caminamos tomados de su mano, encontramos la paz y la fuerza para continuar, porque nuestra esperanza está en Aquel que permanece para siempre.

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