Efesios 4:15 “Antes bien, siguiendo la verdad en amor, crezcamos en todo en aquel que es la cabeza, esto es, Cristo.”
Por: Marianella Layana de Jácome
Dios no quiere que permanezcamos para siempre en el mismo lugar espiritual.
Un bebé necesita que otros hagan todo por él. Necesita que lo alimenten, lo carguen y lo cuiden. Pero llega un momento en que empieza a caminar, a alimentarse solo y a tomar responsabilidades.
Espiritualmente al principio necesitamos que alguien nos anime constantemente, que nos recuerde que Dios es bueno y que nos ayude a entender cada dificultad. Pero mientras crecemos, Dios comienza a enseñarnos a permanecer firmes incluso cuando no sentimos nada, a obedecer, aunque no entendamos. Eso es madurez.
A veces, crecer espiritualmente no significa hacer grandes cosas, sino aprender a controlar las palabras cuando hay enojo, perdonar cuando existe dolor, confiar en Dios cuando aparecen las preocupaciones y seguir haciendo lo correcto, aunque nadie nos vea.
Quizás podamos sentir que todavía nos falta mucho por crecer. Y es verdad: todos estamos en en proceso. Nadie llega a un punto en el que ya no necesita aprender, ser corregido o transformado.
Dios no nos compara con el que está al lado, no nos exige resultados inmediatos. Simplemente nos invita a seguir caminando, confiando y permitiendo que Él transforme nuestro corazón.
Un árbol no se hace grande en una sola noche. Primero crece hacia abajo. Sus raíces se extienden en silencio, buscando profundidad y firmeza. Durante mucho tiempo, desde afuera puede parecer que no está ocurriendo nada. Sin embargo, debajo de la tierra está sucediendo algo muy importante: se está fortaleciendo para poder sostener lo que un día crecerá sobre la superficie y que todos verán.
Porque la verdadera evidencia de madurez es cuánto nos parecemos a Jesús.