Efesios 6:6-7 “no sirviendo al ojo, como los que quieren agradar a los hombres, sino como siervos de Cristo, de corazón haciendo la voluntad de Dios; sirviendo de buena voluntad, como al Señor y no a los hombres”.
Por: Nelly Jácome de Pérez
Pablo enseñó una interacción, que los cristianos deben relacionarse unos con otros como si sirvieran al Señor. Pablo utilizó una curiosa expresión cuando escribió a los obreros. Les dijo que no actuaran “sirviendo al ojo”. Un trabajador que actúa mediante el servicio ocular parece cumplir sus obligaciones activamente, pero solo cuando el jefe está presente y observa.
El “servicio al ojo” consiste en actuar solo para agradar al ojo de un amo humano. Significa hacer nuestro trabajo para complacer a la gente solo cuando sus ojos están puestos en nosotros. La Biblia nos enseña a servir y obedecer a nuestros supervisores en todo lo que hacemos, y siempre, no solo cuando están mirando. Nuestra motivación sincera procede del profundo respeto y reverencia al Señor y del deseo de agradarle a Él y no a la gente.
Vivimos en una sociedad donde el respeto es un arte olvidado. A veces, estamos dispuestos a obedecer, pero no siempre lo hacemos con respeto. Quizás honremos a nuestro jefe con nuestras acciones, pero no con nuestro corazón. Quizás lo honremos en su presencia, pero no a sus espaldas. Dios nos llama a reverenciar, respetar y temer a nuestros líderes terrenales. Como seguidores de Jesús, honramos al Señor cuando respetamos a nuestros jefes. Entonces, ¿estás dando un buen ejemplo de cómo respetar a tu jefe en el trabajo?.
Tanto si servimos en el ministerio, como si trabajamos en una iglesia o en una empresa secular, debemos ver nuestro lugar de trabajo como el campo de misión designado por Dios. Prestar un simple servicio para complacer a los humanos es hacer lo necesario para pasar el examen en el trabajo. Pero si hemos experimentado realmente “un cambio en el corazón, producido por el Espíritu”, entonces, como explicó Pablo, “una persona con un corazón transformado busca la aprobación de Dios, no la de la gente” (Romanos 2:29), Amén.