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Hechos 23:6 Entonces Pablo, notando que una parte era de saduceos y otra de fariseos, alzó la voz en el concilio: Varones hermanos, yo soy fariseo, hijo de fariseo; acerca de la esperanza y de la resurrección de los muertos se me juzga.

Por: Dayse Villegas Zambrano

Tengamos esto muy claro, muchas veces se nos juzgará no por creer en un Señor colgado en una cruz solamente, sino por lo que viene después: un Señor resucitado y que está próximo a venir a este mundo para resucitar a los que lo han estado esperando. 

La cruz es real, necesaria, punto de quiebre en nuestras vidas pues al llegar al pie de ella y ver al Señor crucificado fuimos conscientes de nuestra condición de pecado y rompimos con el pasado para ser regenerados y justificados y para seguirle.  Juntamente como Cristo hemos sido crucificados (Gálatas 2:20), con él como nuestro único y suficiente sustituto, y allí quedó clavada el acta de nuestra sentencia (Colosenses 2:14). 

Pero la cruz no es el fin de la historia. Esto continúa, Jesús sale del sepulcro, la piedra es quitada, la tumba está vacía y sus creyentes son sujetos de resurrección en el día de su venida. El evangelio es el mensaje de un plan de salvación que ya está completo en el sentido de que ya está pagado y sellado, pero aún falta el cumplimiento de la siguiente fase, el verdadero retorno del Rey. 

Y esto es parte de nuestro mensaje y de la actitud con la que vivimos: En esperanza. Una esperanza por la cual se puede ser criticado, burlado o, como Pablo, perseguido hasta por vías legales. Una esperanza por la cual jamás seremos defraudados. Que la resurrección del Señor esté presente en nuestros pensamientos, en nuestra conducta y en nuestras palabras.

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