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Mateo 22:37–39 Jesús le dijo: Amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón, y con toda tu alma, y con toda tu mente. Este es el primero y grande mandamiento. Y el segundo es semejante: Amarás a tu prójimo como a ti mismo.

Por: Daniel Mora Jiménez

En versículos anteriores Jesús se encuentra dialogando con varios grupos de judíos religiosos, quienes le realizaron varias preguntas en cuanto a puntos controversiales de la ley y ciertas posiciones en cuanto a ella. En el pasaje central encontramos a los fariseos preguntando a Jesús, sobre el gran mandamiento de la ley, a lo que Él les responde de manera clara y con autoridad: “amar a Dios con todo el corazón, con toda el alma y con toda la mente; y amar al prójimo como a uno mismo”. Este mandato no solo es una instrucción moral, sino la revelación del propósito eterno de Dios para nuestra vida. Fuimos creados para vivir en una relación de amor, primero vertical, hacia Él; y luego horizontal, hacia los demás.

Cuando amamos a Dios con todo nuestro ser, reconocemos que Él es el centro y la fuente de nuestra existencia. No se trata de un amor superficial o emocional solamente, sino de una entrega completa que transforma pensamientos, decisiones y acciones. Este amor nos lleva a confiar, obedecer y depender de Él cada día. En esa comunión íntima encontramos identidad, dirección y plenitud. Luego, en el segundo mandamiento (amar al prójimo como a nosotros mismos), refleja el corazón de Dios hacia la humanidad; no podemos afirmar que amamos a Dios si cerramos el corazón al que sufre, al que necesita perdón o al que requiere compasión. El amor se convierte en evidencia visible de una fe genuina. Cuando extendemos gracia, paciencia y misericordia, estamos manifestando el carácter mismo de Dios en el mundo.

Vivir en amor, entonces, no es una opción secundaria para el creyente; es el propósito central de nuestra existencia. Cada palabra, cada actitud y cada relación son oportunidades para reflejar ese amor divino. Hoy podemos preguntarnos: ¿está mi vida alineada con este mandamiento supremo? Que nuestra respuesta diaria sea amar más profundamente a Dios y servir con mayor entrega a los demás, cumpliendo así el diseño perfecto que Él estableció desde el principio.

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