Romanos 12:11 “En lo que requiere diligencia, no perezosos; fervientes en espíritu, sirviendo al Señor.”
Por: Marianella Layana de Jácome.
Este versículo es una llamada de Dios a vivir una fe despierta, activa y entregada. El apóstol Pablo no está hablando simplemente de trabajar más o de tener más disciplina; está revelando una verdad espiritual: la vida que ha sido tocada por Dios no puede permanecer indiferente ante Él ni ante el propósito para el cual fue creada.
La palabra “diligencia” nos recuerda que el Reino de Dios no se construye con una fe pasiva, con buenas intenciones que nunca se convierten en acciones. La pereza espiritual aparece cuando sabemos lo que Dios nos llama a hacer, pero dejamos que el temor, la comodidad o las distracciones apaguen nuestra respuesta. La diligencia es decirle al Señor: “Mi vida está disponible para Ti; quiero honrarte con lo que soy y con lo que hago.”
Pero Pablo añade algo más profundo: “fervientes en espíritu.” La palabra que usa transmite la imagen de algo hirviendo, lleno de calor y energía. No se refiere a una emoción superficial que aparece y desaparece, sino a un corazón encendido por la presencia de Dios. Una persona puede hacer muchas cosas religiosas y aun así tener un corazón frío; pero cuando el Espíritu Santo habita y gobierna la vida, nace una pasión santa, un deseo genuino de agradar a Dios.
El fuego espiritual nace de una relación viva con Dios. Así como una brasa permanece encendida cuando está cerca del fuego, el alma permanece ferviente cuando permanece cerca del Señor mediante la oración, la Palabra y la obediencia. La última frase: “sirviendo al Señor.” Nuestra diligencia y nuestro fervor no tienen como objetivo demostrar nuestro valor ante otros, buscar reconocimiento o alimentar nuestro orgullo. Todo debe dirigirse hacia Cristo.
Dios no nos llama a vivir dependiendo de nuestras fuerzas, sino a volver continuamente a Él, quien renueva nuestro espíritu. Servir al Señor con fervor significa amar cuando no recibimos aplausos, permanecer fiel cuando nadie nos observa, seguir obedeciendo cuando el camino es difícil. Es entender que cada acto de amor, cada palabra de ánimo, cada sacrificio hecho por Cristo tiene un valor eterno. Romanos 12:11 nos recuerda que una vida entregada a Dios no es una vida mediocre ni dormida. Es una vida encendida, disponible y llena de propósito.