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Salmos 146:5 Bienaventurado aquel cuyo ayudador es el Dios de Jacob, Cuya esperanza está en Jehová su Dios.

Por: Dayse Villegas Zambrano

Hoy ya casi nadie memoriza números de teléfono. Solo sabemos el nuestro. Los demás están grabados en la memoria del celular. Si lo perdiéramos, con él se iría toda nuestra esperanza de recibir ayuda de nuestros seres queridos. E incluso teniendo a la mano un dispositivo de comunicación, muchas personas que están sufriendo dudan en pedir ayuda a sus allegados. Temen hacerlos sufrir, ponerlos en riesgo, causarles un disgusto, no ser comprendidos o no ser creídos.

Hay un nombre que debe estar grabado en nuestra memoria y es el de nuestro Dios. Ese nombre debe ser nuestro grito de auxilio, el que salga de nosotros en el primer segundo, nuestra reacción instintiva. Esto lo he experimentado una vez tan claramente que ya no me queda duda de que mi ayudador, mi primer rescatista, mi opción segura siempre es el Señor. Cuando él está allí, aunque la situación en frente de mí no cambie, algo en mí cambia: ya no me siento sola. Pase lo que pase, lo enfrentaremos juntos. Como está escrito en el himno: está bien con mi alma. 

Esta es la verdadera esperanza que no defrauda (Romanos 5:5). Que nos libra de la confusión, que nos saca de ese primer golpe de pánico que sentimos ante una enfermedad, un accidente, un ataque, una pérdida (Salmos 25:3). Cuando la desgracia se nos presente y no sepamos a quién acudir, hagamos un alto. forzoso de ser necesario, y recordémosle a nuestra alma que nuestra esperanza y nuestro ayudador es Jehová nuestro Dios.

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