Estamos Ubicados en:
Ximena 421 y Padre Solano,
info@pibguayaquil.com
Fono: +593 98 901 0216
Berajot
berajot@pibguayaquil.com
Fono: +593 98 901 0216

Salmos 33:18 He aquí el ojo de Jehová sobre los que le temen, Sobre los que esperan en su misericordia.

Por: Dayse Villegas Zambrano

Cuando Agar estaba en la primera gran crisis de su vida, joven, embarazada y afligida, y se dejó caer junto a una fuente de agua que encontró en el desierto, Dios la vio. El ángel de Jehová y la envió de vuelta a casa con una promesa: Multiplicaré tanto tu descendencia, que no podrá ser contada a causa de la multitud.  

Se parece mucho a una promesa que Dios ya le había hecho a su más cercano amigo sobre la tierra, Abraham. Pero ésta se la quiso entregar Dios a una esclava. Su vida sería dura, sus descendientes sobrevivirían con muchos factores en contra. Sin embargo, Agar se fue de allí agradecida e incluso marcó ese pozo con un nombre: El Viviente que me ve. 

En comparación con Abraham, el padre de la fe, la de Agar es una historia secundaria, y sin embargo ella también mostró una fe obediente, pues regresó al lugar del que se había escapado y se quedó allí en una actitud de sumisión hasta que su hijo creció. 

Recordemos esto siempre: El ojo de Jehová está sobre los que le temen. Dios tiene escogidos, y sus planes para ellos se cumplen. Pero Dios no hace acepción de personas, es decir, no practica la parcialidad humana en la que nos guiamos por nuestras simpatías y conveniencias para aplicar sanciones o recompensas: él ve todo lo que ocurre y se da cuenta de cada necesidad, cada injusticia, cada dolor, y se acerca a los que le temen y esperan en su misericordia, por más pequeños y olvidados que parezcan. 

Cuando nadie más se acuerda, Dios ve y Dios actúa. Él vio en Agar la capacidad de creer y le entregó una promesa. No posiciones o méritos humanos que nos aseguren la bendición de Dios. Pero la actitud de nuestro espíritu puede alcanzar la misericordia del Dios que nos ve.

Usamos cookies para una mejor experiencia de usuario.