Salmos 42:5 ¿Por qué te abates, oh alma mía, Y te turbas dentro de mí? Espera en Dios; porque aún he de alabarle, Salvación mía y Dios mío.
Por: Dayse Villegas Zambrano
Orar es hablar con Dios, eso lo aprendemos desde niños. Pero leyendo los salmos, nos damos cuenta de que puede haber más invitados a la oración. ¿Cómo es esto? Se ora congregacionalmente, en primera persona del plural, como en el salmo 95: Venid, aclamemos alegremente a Jehová.
Se ora también para exhortar a otros a la adoración, como en el salmo 118: Diga ahora Israel que para siempre es su misericordia. Y también se ora para exhortar al yo, al alma, como ocurre en los salmos 42 y 43, en que en medio de una profunda crisis nacional, las familias de cantores y músicos descendientes de Coré se esforzaban por mantener su ministerio y no ceder a la tristeza al recordar el culto y las alegres procesiones hasta el templo en Jerusalén. Trataban de estar firmes y perseverar aun en el exilio, en remoto, adorando a Dios a lo lejos.
Las emociones, cuando son demasiado fuertes, pueden parecer las dueñas de la verdad y de la realidad. La ansiedad, la desesperación y el temor pueden tomarse el horizonte y señalarnos que ya no hay nada que esperar. Ante esto, el autor del salmo cuestiona su propia alma abatida y turbada y le ordena: Espera en Dios.
Aún más, hay algo que el alma ha olvidado. Que esperar en Dios es mucho mejor cuando se lo hace en alabanza. La tristeza y el dolor lo hacen difícil, pero este salmo nos recuerda que no es imposible. Incluso si ahora no puedo dejar de llorar, me consuelo en la seguridad de que me levantaré y tendré ocasión de alabar a Dios, porque él es mi salvación.