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Juan 13:35 “En esto conocerán todos que sois mis discípulos, si tuviereis amor los unos con los otros”.

Por: Marianella Layana de Jácome 

En la vida hay señales que identifican quién es una persona o a qué se dedica. Un médico demuestra que es médico por la forma en que se viste, en la manera en que atiende y cuida a sus pacientes. Un abogado suele reflejar su profesión por la manera en que habla, argumenta y se presenta. Un deportista demuestra que lo es por su disciplina, entrenamiento y perseverancia. Cada profesión tiene características que la hacen evidente ante los demás.

De la misma manera, Jesús enseñó que también existe una evidencia que identifica a sus discípulos. Sin embargo, no mencionó la vestimenta, los talentos, los cargos, el conocimiento bíblico ni los años que alguien lleva en la iglesia. Jesús dijo que el amor sería la señal visible de quienes realmente le siguen. Ese amor es el reflejo de un corazón que ha sido transformado por Dios.

La madurez espiritual no se demuestra solamente por cuánto conocemos la Biblia o por cuántos años llevamos congregándonos. Se manifiesta cuando aprendemos a amar incluso en las situaciones más difíciles. Es fácil amar a quienes nos tratan bien, nos respetan o piensan como nosotros. Pero el verdadero desafío aparece cuando alguien nos hiere, nos decepciona o actúa injustamente con nosotros. Es precisamente allí donde el amor deja de ser un sentimiento y se convierte en una decisión de obedecer a Dios (Mateo 5:44-48).

Jesús nos dio el ejemplo perfecto. Él amó a quienes fueron rechazados, extendió su mano a los necesitados y perdonó incluso a quienes lo crucificaron. Su amor nunca dependió de cómo lo trataban las personas, sino de quién era Él y del propósito del Padre. Ese mismo amor es el que Dios desea formar en nosotros.

Cada día que caminamos con Dios, Él va transformando nuestro corazón. Poco a poco reemplaza el rencor por perdón, la indiferencia por compasión y el egoísmo por generosidad. Mientras más cerca estemos de Él, más reflejaremos su carácter y más podremos amar a los demás como Él nos ama. Ese amor será el testimonio más claro de que Cristo vive en nosotros y de que verdaderamente somos sus discípulos.

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