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Colosenses 2:6-7 “Por tanto, de la manera que habéis recibido al Señor Jesucristo, andad en él; arraigados y sobreedificados en él, y confirmados en la fe, así como habéis sido enseñados, abundando en acciones de gracias.”

Por: José Antonio Villegas Zambrano

El crecimiento saludable de la iglesia y la madurez de cada creyente dependen enteramente de la profundidad de su conexión con la persona de Jesucristo. La palabra “Arraigados” proviene del griego “rhizoo”, que significa “que eche raíces”, o fijarse firmemente en la tierra. Pablo utiliza esta rica metáfora agrícola para enseñarnos que la firmeza no se ve en la superficie, sino en lo que está oculto bajo tierra. Una iglesia que posee raíces profundas en la verdad del Evangelio no será conmovida por las tormentas.

La vida cristiana es un camino continuo que demanda coherencia entre lo que profesamos y la forma en que vivimos diariamente. El apóstol nos insta a andar en Él, lo que implica una comunión diaria, íntima y dependiente del Espíritu Santo en cada decisión familiar, laboral y eclesial. 

¿Están nuestras decisiones diarias verdaderamente alineadas con el señorío de Cristo, o seguimos siendo gobernados por nuestros impulsos y pensamientos? 

Ser sobreedificados en Cristo significa que cada área de nuestro carácter debe ser moldeada por la Palabra de Dios, usando a Jesús como la única y perfecta piedra angular.

Esta firmeza se logra cuando nos aferramos con fidelidad a las instrucciones de la sana doctrina que nos han sido enseñadas a lo largo del tiempo. La iglesia no necesita buscar novedades teológicas o métodos pragmáticos para atraer al mundo comprometiendo la verdad. Nuestra seguridad radica en permanecer fieles al mensaje imperecedero de la cruz, el cual sigue siendo poder de Dios para salvación a todo aquel que cree.

Un síntoma irrefutable de que una iglesia está arraigada y firme en la verdad es una iglesia que abunda en acciones de gracias. La gratitud no es simplemente una respuesta ante las bendiciones recibidas, sino un acto de fe consciente del tan grande valor de nuestra salvación. Cuando tenemos presente la magnitud de la gracia divina, las quejas y las divisiones internas se disipan, dando paso a una unidad inquebrantable. Una iglesia agradecida adora al Señor con pasión, sirve al prójimo con alegría y defiende la fe con una convicción que impacta.

Amada iglesia, examinemos hoy la profundidad de nuestras raíces espirituales y el fundamento sobre el cual estamos edificados. No permitamos que se debilite nuestra firmeza doctrinal ni enfríe nuestro primer amor. Mantengámonos constantes, con la mirada puesta en Cristo. Que el Señor nos encuentre plantados junto a corrientes de aguas vivas, dando fruto a su tiempo y glorificando su santo nombre hasta su venida, Amén.

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