Gálatas 5:1 “Estad, pues, firmes en la libertad con que Cristo nos hizo libres, y no estéis otra vez sujetos al yugo de esclavitud.”
Por: José Antonio Villegas Zambrano
La verdadera libertad del ser humano no consiste en la idea del albedrío para hacer lo que le plazca, sino en la capacidad que recibimos por el Espíritu Santo para vivir de acuerdo con la verdad de Dios. La palabra “Libertad” aquí se traduce del griego “eleutheria”, que denota la condición de un ciudadano libre en contraste con la de un esclavo. El apóstol Pablo advierte a la iglesia sobre la necesidad de cuidar esa libertad ganada a un precio tan alto en la cruz del Calvario. Mantenerse firmes en la libertad cristiana requiere discernimiento espiritual para identificar tanto legalismos que añaden cargas humanas al Evangelio, como el libertinaje moral que pervierte la gracia transformadora de Cristo.
El “yugo de esclavitud” puede manifestarse de diversas maneras en la actualidad. Algunas veces se presenta en forma de opinión pública, donde la iglesia se siente presionada a modificar el mensaje para ser aceptada por la sociedad. Otras veces, surge como pasiones y pecado que intentan reconquistar el corazón de los creyentes. Permanecer firmes implica rechazar categóricamente cualquier intento de esclavitud espiritual, manteniendo nuestras conciencias cautivas únicamente por la Palabra de Dios, que nos hace verdaderamente libres.
¿Hemos permitido que sutilmente el mundo nos vuelva a poner un yugo de temor por la aprobación humana?
Cuando la iglesia cede aun en lo más mínimo a la verdad, está comprometiendo su libertad y comienza a caminar hacia la confusión espiritual. Por ello, la vigilancia doctrinal no es una obsesión, sino una necesidad vital para la preservación de nuestra identidad como verdaderos cristianos.
Esta firmeza se fortalece en el altar de la oración diaria y en la meditación profunda de las Sagradas Escrituras. No podemos defender una verdad que no vivimos, ni proclamar una libertad que no experimentamos. La verdad es nuestro mayor tesoro y nuestra defensa más segura.
Amada iglesia, el mandato es claro y apremiante: ¡Estad pues firmes! Que ninguna corriente teológica moderna, ni ningún argumento humano persuasivo nos mueva de la fe en Jesucristo. Vivamos como hombres y mujeres libres, redimidos por la sangre del Cordero, plantados firmemente en la verdad que no cambia con los tiempos. Que nuestro testimonio sea limpio, que nuestra doctrina sea pura y que nuestra determinante firmeza en la verdad de Cristo nos permita vivir una vida de libertad en santidad y amor sin caer en dogmatismos extremos o tolerancia al pecado. Su palabra nos dice “donde está el Espíritu de Dios hay libertad”. Amén.